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martes, 23 de enero de 2018

Tres funerales para Eladio Monroy - Eladio Monroy, vol. 1


Alexis Ravelo es un autor recurrente en el blog, quizás no tanto por el volumen de novelas suyas que he comentado ("La estrategia del pequinés") como por el hecho de que con tan sólo dos novelas era (o es) uno de mis autores referentes.

Me gusta su forma de escribir. Lo he comentado alguna vez, seguramente sea por el hecho de que no está traducido (como pasa con Lorenzo Silva) pero hay algo en él (como en el autor afincado en Getafe) que lo diferencia del resto. Es una cuestión del ritmo de las palabras. Es algo muy marcado en Silva pero también presente en Ravelo, son ellos escribiendo y se agradece.

Y por si hay dudas no es algo propio de todos los escritores castellanos, hay algo que está en unos pocos, gente cuyos escritos tienen alma propia, suenan a sí mismos y no al conjunto de volúmenes que pueblan mil y una estanterías. Y como lector, sobre todo si te gusta la musicalidad de cada uno, se agradece.

Pero, además, el escritos canario crea personas, más que personajes, con procesos internos identificables y características propias que los hacen identificables dentro de que, de por sí, con el paso del tiempo (y mas tratándose de novelas sueltas) dejan poso.

Si lees 10 novelas negras, sobre todo de corte más clásico, te quedas siempre con momentos puntuales. Si tienes suerte y das con una serie decente puede que llegues a tener una impresión más o menos definida del protagonista, pero no siempre tienes sensación de realidad, de que ese sobre el que estás leyendo podría ser cualquiera de las personas que se cruzan contigo por la calle. Con Alexis Ravelo eso pasa.

Habrá quién piense que se trata simple y llanamente de que sus protagonistas son gente del montón, miembros de esa clase media, media-baja que se sitúan a ambos lados de la línea de lo que es "vivir con lo justo", unos rozando la desgracia y con alto porcentaje de caer en la mierda y otros directamente viven en ella, de una u otra forma.

Para mí es algo más, es ser capaz de leer sobre alguien que tiene unos procesos internos que puedes entender y que, ante una situación determinada toma una decisión (compartida o no por el lector) para intentar cambiar algo, quizás sin llegar a ser consciente por completo de los riesgos que asume, pero creo que es precisamente ese desconocimiento el que genera la identificación.

Una vez tomada la decisión la cosa no siempre admite marcha atrás y todo lo que sigue no es más que el conjunto de desencuentros y problemas desencadenados por esa decisión puntual que uno adopta en un momento muchas veces de necesidad, convencido de que con un pequeño golpe de suerte o una cantidad de dinero determinada nuestra vida iba a brillar de otra forma.

La duda con Alexis Ravelo, tras "Las flores no sangran" y "La estrategia del pequinés", era saber si el ritmo y la sensación general de la obra se mantenía en todas, llegando a ser algo repetitiva, quedando sólo la duda de quién sobrevive al final de cada historia o si era capaz de ir más allá.

Para zanjar la cuestión me lancé a por la única serie que he encontrado que ha escrito, la de Eladio Monroy.

Si esto fuese un concurso de televisión la respuesta final sería "Prueeeeebaaaa superadaaaaa".

La construcción de "Tres funerales para Eladio Monroy" es distinta a la de los libros sueltos.

Comparte ese sonido de fondo que caractiza a su creador y la idea de personajes reales que se asientan en el lector, con procesos internos complejos y decisiones que tomar, pero la propia construcción de la historia marca una forma distinta de desarrollo.

El primer tercio de la novela es, por sí misma, una obra independente que marca el perfil del personaje sin necesidad de que el autor tenga que utilizar adjetivos para definirlo. Es la forma en que se desenvuelve durante un encargo la que nos anticipa ante qué tipo de persona nos encontramos. Dual, controvertido por momentos, ácido y con un punto amargo pero también con corazón, humano y contradictorio, muy "nosotros" o muy "yo" en ese constante quiero y no puedo y soy pero no siempre como me gustaría.

El resto de la obra es la parte a la que se refiere el título de la obra y sólo de forma tangencial utiliza los personajes que han aparecido en el primer tercio para formar el conjunto.

Es en esa segunda parte donde Ravelo crece y muestra todo su potencial, resolviendo cualquier posible duda sobre su obra. 

No se trata aquí de un protagonista que toma una decisión a sabiendas de que corre un riesgo (mejor o peor medido) sino de una persona que decide echar una mano sin terminar de saber dónde se mete. Ese dónde y con quién no termina de ser la parte fundamental de la novela sino la forma en que Eladio Monroy reacciona ante lo que ve.

No es sencillo encontrar historias que te alejen de tu día a día y sin embargo te generen sensación real de identificación, incluso con personajes ligeramente marginales que no se mueven necesariamente en el mismo habitat por el que campas tú, sólo por eso la novela ya está bien, pero lo que hace que realmente merezca la pena es que durante el desarrollo de la trama como lector te ves en la tesitura de decidir qué harías tú en una situación determinada, hasta donde llegarías para poder vivir contigo y hasta dónde no, cuáles son tus límites en una sociedad que genera conformismo a mansalva y sensación de pasividad ante lo que te rodea.

Eladio Monroy (Alexis Ravelo) me han llevado a un punto que sólo recuerdo haber alcanzado a nivel moral con uno de los grandes de la literatura negra actual, Dennis Lehane con su serie de Kenzie y Gennaro, ese punto donde uno decide hasta dónde y por qué se mueve y si es capaz de mirar para otro lado sabiendo las atrocidades que se están perpetrando en algún sitio. Aunque sólo fuese por eso me parece una novela "grande" y meritoria, con el añadido adicional de que su creador consigue llevarnos a ese punto en un número bastante limitado de páginas, algo que también es de agradecer.

Valoración: me ha gustado mucho.

sábado, 18 de noviembre de 2017

Frío en Velesta


¿Don Winslow se fusiona con Alexis Ravelo para crear un autor?

Creo que hay algo de los dos autores en el estilo de Axel Beiner/Joaquín Piquer.

Don Winslow:

De Winslow una forma de tratar la historia como una suma de distintas historias que se van entrecruzando para conformar un conjunto unitario en el último tercio de la historia.

Beiner y  Winslow coinciden en la temática (o parte de ella) con el mundo de la droga de fondo pero difieren bastante en la forma en que tratan la materia. 

El autor americano es más pausado, probablemente más árido y también bastante máx exhaustivo, pero tiene (dota de) una mayor sensación de verosimilitud y realismo. 

Donde Beiner tiene momentos en que la narración se asemeja demasiado a la plasmación en papel de acciones propias de películas de acción americanas o de aquella serie malilla de Antena 3 llamada "Polícias,  en el corazón de la calle", el creador de, entre otras, "El poder del perro" construye desde la sobriedad, la parquedad y un acercamiento menos dinámico.

Creo que ya hace poco comenté que para mí hay varios Winslows, uno tremendo pero exigente ("El poder del perro", "Salvajes", "Los reyes de lo cool"), otro bueno y entretenido, con proyección para las masas ("La hora de los caballeros", "El invierno de Franckie Machine") y otro para pasar el rato (la serie de Neil Carey).

Beiner se mueve entre el entretenido que casi llega a bueno y el de pasar el rato sin más. Se queda muy lejos de la profundidad de la historia de "El poder del perro" o de la honestidad de la propuesta de las dos partes de "Salvajes" pero tiene bastante acierto en la forma en que plantea la historia y la ramificación de las tramas.

Alexis Ravelo:

Con él también hay elementos en común. 

Un acercamiento a una realidad más cotidiana. Una forma más llana de escribir y una menor necesidad de trascendencia que en el caso de Winslow pero en el proceso por hacer "un producto" bastante híbrido y resultón, se pierde el realismo sobrio de Ravelo, la sensación de autenticidad, de estar leyendo sobre la sociedad actual desde el punto de vista de esa zona media venida a menos que ha perdido su sitio y que se mete en serios problemas en su lucha por sobrevivir.

En ese sentido Beiner es más plano y sus personajes (y son unos cuantos) carecen de profundidad, demasiado ajustados a sus roles para ofrecer algo más en un sentido u otro.

Los de Ravelo llegan y lo hacen porque es difícil que a parte de "los malos" no entiendas o te identifiques o seas capaz de justificar a alguno de los "no tan malos" que habitan en su universo (podríamos ser cualquiera de nosotros si un mal golpe de suerte pusiese nuestra vida en jaque).

Alex Beiner/Joaquín Piquer

De forma individual valorar a Beiner me cuesta.

Por un lado, lo bueno

Muchísima acción, contundencia, adrenalina, subidas de tensión y violencia a mansalva. ¿A quién no le apetece de vez en cuando un dulce?

Además la narración acompaña. Ritmo rápido, lectura ágil con sensación de bastantes menos páginas, mucho cambio de personaje (que también ayuda a ver más puntos de vista y a que no acabe uno tan saturado de "ese personaje que...") y las páginas que fluyen en concordancia con el ritmo del texto. 

Todo muy de agradecer, ayudando a crear una novela genial para una semana ajetreada donde quieres algo capaz de captarte sin que te exija demasiado. Una de esas lecturas que tiene que permitirte entrar y salir con rapidez de ella sin tener sensación de estar perdiendo información por el camino.

En ese sentido y teniendo en cuenta las semanas de las que vengo y el ritmo que me toca llevar estos días, una lectura ideal. 

Me ha ofrecido desconexión cuando lo necesitaba, me ha permitido sumergirme en sus páginas casi nada más ponerme a leer en cada ocasión y ha añadido el punto adicional de tensión que me ha hecho dejarlo aparte para retomar mis quehaceres con un deje de amargura por haber querido avanzar un poco más cada vez.

Por el otro, los peros

Personajes algo unidimensionales, con poco desarrollo interior y, quizás, demasiado circunscritos al rol para el que se les introduce en la historia, sin mayor carga ni transcedencia.

Una protagonista, Pilar Brausse, demasiado... demasiado. Algo cargante, algo resabiada, un poco demasiado capaz, excesivamente opaca y con un toque película de Serie B americana que no me termina de gustar. 

Conforme me hago mayor esa sensación de que a un personaje le pase lo que le pase no le va a suceder nada y va a seguir adelante sin alterarse, sin secuelas ni replanteos... no me termina de cuadrar.

Sobre la trama... Demasiado giro inesperado. Mucho efectismo, un exceso de juego de espejos y mucha reserva a la hora de facilitar información para tratar de sorprender... en el camino el espectador pierde parte de complicidad con la historia y se limita a dejar que le guíen y le lleven por los derroteros prefijados.  Y eso cada vez me gusta menos.

No soy dado ni a genios grandilocuentes ni a giros tramposos que surgen de la nada pero que quien escribe trata de venderme como algo lógico con una explicación surgida ex professo para la ocasión. Por eso no me gusta el escritor John Vernon y no termino de sentir cariño por Brausse y su parte de la historia.

Además queda cierta sensación de inverosimilitud en algún momento y demasiada acción sobreactuada para lo que es mi gusto a día de hoy. Curioso cuando tengo la sensación de que era innecesario a la vista del conjunto y el material del que disponía el autor. 

Del "continuará" final sólo puedo decir que me ha cabreado.

Creo que como conjunto podría haber sido más de lo que ha dado y que elementos para triunfar tiene pero que le falta un punto más en todo para ser algo realmente bueno, aunque no inolvidable.

Valoración: Está bien. Sin más. Y me ha venido de perlas.

En tono parecido... mi recomendación.

Está en la línea del spaghetti crime de Dazieri pero no ha terminado de conjugar bien todos los elementos y queda una sensación de artificiosidad que no termina de agradarme.

Con el mismo tono pero una construcción superior y una sensación de obra mucho más redonda, este año ha pasado por aquí "Efecto Dominó" de Olivier Norek.




lunes, 13 de noviembre de 2017

Yo veo en la oscuridad


Creo que lo que define a "Yo veo en la oscuridad" como novela es común a lo que marca toda la carrera de Karin Fossum.

Es una obra incómoda: estamos acostumbrados a ser espectadores en las historias pero siendo parte activa. 

Vemos, oímos y sentimos lo que quiere el autor que es el responsable de conseguir nuestra inmersión en la historia, de generar esa extraña sensación de dentro-fuera que hace de la lectura un extraño placer (¿culpable?). En "Yo veo en la oscuridad" eso no sucede. 

Con la novela en la mano no te sumerges, lees siendo consciente de ese doble plano (narración, lector) que normalmente se busca que desaparezca cuando coges un libro. O, al menos, esa es la sensación que en muchos momentos pretendo alcanzar.

Me gusta que las palabras, las frases y la narración escrita se desdibuje y se diluya. Es una metamorfosis del papel en algo "más real",  una conversión a imágenes que permite que me evada y dejar atrás sensaciones, pensamientos e inquietudes de mi vida.

La autora noruega, en todas sus novelas, me niega ese deseo y me castiga con la sensación permanente de lector cotilla, de voyeur, lo que de entrada me genera sensación de indefensión.

Desde el momento en que tomo entre mis manos una novela de Karin Fossum sé que no voy a sentirme cómodo en ningún momento, quizás por eso lo haga con cuentagotas (aunque el ritmo de publicación de las editoriales españolas tampoco ha ayudado mucho en la última década.

Es un texto muy difícil de clasificar.

Por ambientación debe de ser novela negra pero muy lejana a los referentes clásicos del género y a mucha distancia de las distintas reformulaciones del mismo.

No es procedimental, pues la ciencia ocupa muy poco lugar en el texto (por no decir ninguno) y no es elemento definidor de lo que se lee.

Tampoco es social, situada lejos de cualquier entorno realmente identificable o de costumbres y ritmos de región alguna. La sociedad no importa y los elementos que definen y encuadran lo que rodea a los pocos personajes tampoco.

Lo más próximo... el thriller psicológico pero entendido de una forma totalmente distinta a lo que se suele leer, es un thriller vago e impreciso, un viaje azaroso en donde te sientes cautivo de algo que te violenta.

Es una lectura ajena al disfrute, se lee para experimentar cierto tipo de angustia ante la vulnerabilidad e impotencia que experimentas ante lo que ponen ante tus ojos.

No sólo no puedes disfrutar con lo que lees sino que sientes la necesidad de que termine, pero sabiendo como termina, para que todo de alguna forma cobre sentido.

Es de alguna forma una ambientación minimalista e introvertida, con mucha introspección, que nos adentra en la mente y forma de obrar de un grupo muy reducido de personas durante periodos muy delimitados de tiempo.

Siempre nos da margen a situarnos y a "ver" lo que está sucediendo pero no terminas nunca de tener claro cuál es el hilo conductor de la historia ni qué pretende la autora con la narración, sólo te sientas y lees para ver que te cuenta y eso asusta.

Es muy cruda. 

No me gustaría que nadie se llevase las manos a la cabeza, aquí no corre la sangre a borbotones ni las muertes se amontonan.

No se trata de crueldad, sino de crudeza, que a veces es incluso peor. A la sangre te inmunizas hasta cierto punto a la gente no.

Sólo se habla de la vida desde la perspectiva de una persona pero se hace sin tapujos y es probable que lo que se lee no guste, a fin de cuentas todos, en un momento u otro, nos hemos definido como "normales" y Fossum nos exige un ejercicio de alienación en donde vemos, sentimos y obramos con la decisión y procesos mentales de alguien que no se rige por los mismos valores ni por la misma interpretación de los hechos. Una persona que obra siguiendo pensamientos y razonamientos que nos resultan irracionales.

Leer las novelas de esta singular autora es someterse a un ejercicio de autocastigo en el que te ves obligado a comprender (sin entender ni compartir) las motivaciones de sus protagonistas, mientras, en ocasiones, eres consciente de que su creadora está removiendo emociones y sensaciones en ti en contra de tu voluntad.

Arrítmica.

Lo da una lectura que te está dejando un profundo regusto amargo en el alma pero que necesitas terminar para poder dar por cerrado ese capítulo. Sin saber  qué pasa con Riktor es imposible parar.

Lo da también la forma de escribir, sin apenas inflexiones, condicionada por la forma distante y alienante en que su protagonista ve y percibe las cosas, anestesiado ante el mundo. Un "sin sangre" (que diría gente que me rodea) pero con un reprís peliagudo que pone los pelos de punta.

A pesar de estar acostumbrado a ser enfrentado a psicópatas y asesinos en serie, el ejercicio que propone "Yo veo en la oscuridad" me ha resultado costoso y por momentos tedioso, siempre con un cabreo en ciernes por no ser capaz de dejar el libro de lado y, encima, por sentirme cautivado por la necesidad de entender si el destino o el azar, harían algo para paliar mi desazón.

Desde la lejanía y sin el punto extra que el genio neoyorkino de Woody Allen es capaz de poner en sus películas, la lectura de la novela de Fossum es algo parecido a ese "nervio" creciente que aparece en el espectador cuando ve "Match point" y quiere averiguar cómo acaba la historia, hasta que un burdo anillo golpea en una barandilla, comienza a girar y sólo eres capaz de contemplar como da vueltas, desenfocado y fuera de plano, sin saber hacia donde dirige el destino sus pasos pero con una sensación creciente en tu interior que te lleva a desear poder soplar (¿en qué dirección? eso mejor que lo conteste cada uno).

Con "Yo veo en la oscuridad" sucede algo parecido, con gente menos guapa en escena y mucho menos encanto, lejos de ninguna urbe que aporte magia o un guión que mitigue la desazón que experimentas como lector pero con un protagonista que evoca sensaciones similares al Jonathan Rhys Meyer más contenido visto hasta la fecha.

No hay florituras
.

Hablo de la traducción pero me cuesta imaginar algo distinto en el original.

El lenguaje como elemento de transmisión llano, aséptico, arrítmico, pausado y parco, carente de emoción. 

Una sucesión de palabras que te informan pero no te llegan, haciéndote la lectura difícil e incómoda, tanto o más que su protagonista único, un Riktor que sin transmitir lo que siente te agobia y hastía desde su asepsia y anodinidad. Una criatura sin rasgos distintivos, una sombra sobre dos piernas que se desplaza sin evocar ni permitirte el más mínimo acercamiento a su persona, tal y como el lenguaje que lo narra.

Inusitada

Coetánea de Mankell en mi estantería, Fossum siempre se ha caracterizado en todas y cada una de sus novelas por ser distinta a cuanto he leído y esperado.

Su lectura es distante, lejos del candor, la luz o la emoción que en un momento u otro son capaces de transmitir los autores mediterráneos.

No hay ritmo ni adrenalina, no hay pausa porque no hay velocidad, sólo monotonía y ritmo monocorde, lejos de la novela negra americana, siempre dispuesta a acelerar nuestro cuerpo o nuestras emociones, a hacer brotar la adrenalina o los sentimientos, a hacernos experimentar.

Y, curiosamente, lejos del resto de autores nórdicos, mucho más dados a las fórmulas estereotipadas y a la novela social. No hay aquí nada de Camila Lackberg (a quién precedió) ni de Stieg Larsson (con quién no comparte el ritmo) ni del citado Mankell.

Hay, con mucha distancia, ecos y semejanzas momentáneas con Jussi Adler Olsen (al menos con "Los chicos que cayeron en la trampa" o con el Lemaitre de "Tres vídas y una vida", con quién comparte la sensación final de novela extraña que desubica y apesadumbra, que muestra realidades que no queremos ver y plantea dudas y dilemas internos al generarnos reacciones que no nos gustan ante protagonistas para el olvido

Valoración: Está bien

Me gustaría que la valoración fuese algo más pero no me ha generado ese confort que hace que la nota suba.

Está bien escrita, consigue lo que pretende, tanto con el lenguaje como con la historia y te lleva como lector a donde quiere.

No es la primera novela de Fossum que leo y lo escrito arriba suele ser común a las sensaciones dejadas por muchas (si no todas) las novelas que he leído de ella, si bien normalmente todas han llegado a mover algo en mí más allá del rechazo hacia el personaje.

Pero en todas ellas estaba Konrad Sejer, que obraba de  "narrador/defensor de la verdad" frente a la "realidad" que inicialmente habíamos conocido a través de los personajes "protagonistas". 

En "Yo veo en la oscuridad" no existe esa segunda figura que actúe de Cicerón y nos guíe, tampoco hay nada que explicar porque ni Fossum nos pretende engañar ni Riktor favorece la conexión suficiente para que se produzca el engaño.

Durante la lectura vemos lo que hay, algo desalentador e inasible, para un espectador sometido al castigo de entender y a la obligación de aceptar que en el mundo existen criaturas que no entienden la vida y la realidad como lo hace la mayor parte y que su sombra e influencia es algo que no se puede desdeñar, porque la persona sobre la que leemos podría ser el vecino de al lado o cualquier otra persona que se cruce en nuestro camino.

martes, 3 de octubre de 2017

La peor pesadilla - (Inspector Patrick Lennon, vol. 1)



Mi racha continúa y una semana más no he dado con el libro de género negro que me haga vibrar. Y no es que "La peor pesadilla" esté mal, es que me deja frío.

Afortunadamente parece que el resto de géneros va mejor y aportan algo de salsa al día a día cuando les llega el turno ¡porque vaya racha! Pero bueno, hoy toca "negra" (por desleída que esté), lo demás ya se verá en post venideros.

"La peor pesadilla" es una novela británica con un corte algo más cotidiano y menos british de lo habitual, o al menos no presenta un perfil muy P.D. Jamesiano. Se trata de una narración menos pausada, mucho menos introspectiva y detallista, por lo que su ritmo es algo más elevado (en ese sentido se lleva bien) y una puesta en escena más directa (quizás demasiado), permitiendo poco margen a la contemplación y deleite del lector.

Discurre en Londres pero apenas se reconoce la ciudad durante la trama, con una ambientación  más bien escasa, centrada en una zona residencial que la mayor parte del tiempo recuerda más al vecindario de Victoria Lane de "Mujeres desesperadas" que al centro turístico/comercial fácilmente identificable de la capital británica. Así que amantes del Pall Mall, los grandes parques de la ciudad, el Big Ben y el Támesis, abstenerse.

Además, últimamente tengo la sensación de que cuando una novela no tiene un corte eminentemente social, acaba por prescindir totalmente de cuánto rodea la acción principal en una especie de fundido negro de fondo donde personajes/actores se dan las réplicas de forma sucesiva hasta llegar al final, por mucho que se decorre con persecución, peleas, intrigas, etc.. Cada vez hay más novelas sin descripción alguna que permita situar y ambientar la historia.

Con ese planteamiento al final como lector acabas desentendiéndote por completo del entorno y los personajes acaban ubicados en un trasfondo difuso y desdibujado, aún peor que los de cartón piedra del teatro más rancio.

Y no es sólo que Londres sea algo residual, es que todo lo que parece definir a Gran Bretaña brillan por su ausencia.

La climatología no aparece por ningún sitio, de hecho, salvo en un pequeño lance en el que Lennon se debe quedar en el coche porque está jarreando, en el recuerdo de la historia (y hace apenas unas horas que lo terminé) no tengo atisbo de ninguna imagen que no fuese presidida por un cielo inexistente, con una narración siempre situada a ras de calle, como un caballo de tiro que no puede ver más allá de donde se lo permiten las anteojeras. Todo demasiado encuadrado, demasiado limitado.

Ni siquiera esa patina gris que Ian Rankin transmite en sus historias, esa atmósfera apagada que parece acompañar parte de las descripciones de la cultura anglosajona, con un día a día condicionado por  el entorno hace aparición en ningún momento.

La etiqueta "thriller" le queda un poco grande, pero es la más próxima a lo que ofrece.

Sin "asesino en serie" ni marco social que narrar, la historia se debería construir a través de los personajes, la tensión y los cambios en la investigación pero ni la primera se alcanza (y eso que las víctimas son niños y eso siempre "mueve" un algo interno) ni los cambios te cautivan.

Tal y como el binomio de escritores ha construido la novela al lector no le queda otra que limitarte a "montarte" en su historia y dejarte llevar, distanciándote poco a poco de la trama.

"La peor pesadilla" cubre un espectro muy amplio de aspectos sociales pero tal y como está escrita queda  demasiado superficial, no ahonda en ninguna de las cuestiones y deja esa sensación de paquete precocinado que te deja como única alternativa meterlo en el micro para comerlo.

Uno de los peros más grandes a la historia es la superficialidad de su protagonista o protagonistas. Cierto que la narración no es lineal y hay constantes cambios de puntos de vista para narrar la historia desde distintos ángulos pero la gestión de los mismos es cuando menos cuestionable. Sus creadores buscan dirigirnos y utilizan los cambios de perspectiva para, en teoría, crear ambientación cuando lo que realmente intentan es justificar giros "inesperados" con conductas pasadas que nos muestran a posteriori. Al final lo que consiguen es generar distancia y no interés.

La confección de los personajes es demasiado estanca y  prefijada, muy esquemática y altamente estereotipada. 

La imagen que me viene a la cabeza es la de dos personas situadas frente a una pizarra enorme con distintas siluetas con nombres puestos sobre las cabezas: "Patrick Lennon", "Helen", "Alice", "Larry", "Sean"... y un montón de tablitas con adhesivo que van poniendo sobre cada una de las imágenes como si se tratase de ir construyendo a Mr. Potato.

Existe una sensación de artificio alrededor de todos los personajes, de criatura unidimensional (y no interactiva) que tiene un rol en la historia, pero sólo ese rol, sin pasado, sin presente, sin futuro, sólo datos estancos puestos en el papel para adornar a cada uno de ellos y cubrir en cada caso la constante omisión de descripción y una falta real de sentimiento.

No soy devoto de P.D. James, que en ocasiones profundiza demasiado en sus personajes y explica y define con profusión pero de ahí a el esbozo ínfimo de algunas historias o al cliché requetemanido de otras, hay un salto.

Últimamente da la sensación de que lo que diferencia muchas de las novelas es que hay unas que sus creadores son conscientes de que quieren ser "libros" y otras lo que quieren es ser "guiones de películas o de series", olvidando que la gestualidad que ellos imaginan, los movimientos, la pasión, ese dotar de vida corre a su cargo y no del actor que "en su cabeza" va a desempeñar el papel.

Se asienta la idea (cada vez con más ejemplos) de que cada vez hay más autores que conciben sus historias buscando ante todo sorprender, olvidandose de lo más importante, construir historias reales con personajes tangibles.

¡¡No soy un ogro!!, "La peor pesadilla" tiene cosas buenas.

Lo mejor, su capacidad de construir la historia sin tener que recurrir a sucesos extraordinarios o estadísticamente poco probables (psicópatas, etc...), utilizando simplemente la miseria cotidiana, todas las pequeñas cosas que nos atormentan, los errores que cometemos en un momento dado y que luego nos siguen hagamos lo que hagamos, en un mundo real lo suficientemente variado y complejo como para necesitar recurrir a elementos externos improvisados y "elaborados" para construir algo.

Hablar del día a día tiene a favor que todos conocemos esas situaciones y somos capaces de empatizar, entender y asimilar la información, sin necesidad de exprimirse el cerebro buscando lo más raro para conseguir triunfar con una novela.

Al hacer girar una parte de su trama en el mundo del lumpen de la sociedad londinense y por como narra cierta parte de la historia, por un momento Voss y Edwards me han hecho recordar a "Salvajes" de Winslow, pero una vez más, el pensamiento ha sido fugaz. Ni Lennon es Ben ni sus creadores alcanzan al autor americano y la idea se queda en la mera superficie de lo que habría podido ser.

Quizás el problema (su problema) haya sido intentar poner demasiadas ideas de golpe en una misma historia, mucho giro (quizás no inverosímiles si los miras aislados pero poco creíble cuando las ves todas juntas) desde la mitad de la historia y aportanto muy poca chicha real.

Escenas que se muestran como fogonazos aislados, tragedias que se suceden sin hilo conductor que nos vaya trasladando, personajes algo esquemáticos, lejos de maestros en el género con mucha más capacidad para construir realismo verosímil y agradecido para el lector, como es el caso de David Mark o, aquí en casa, Alexis Ravelo.

Quizás todo se reduzca a la falta de carisma y empatía de su/s protagonista/s, que deberían ser los que nos llevasen de la mano durante la historia y que, lejos de eso, acaba penaliza mucho las tramas cuando llegan los momentos cumbres porque no hay nada que nos retenga.

Es triste pero, como comenté en el último post, últimamente doy con mucho libro que no deja huella alguna, ni siquiera con una trama que, siendo justos, es distinta a lo que se suele leer en cuanto a temática (quizás por eso luego sea algo más fácil acordarse de la historia) pero la monotonía de la narración y el tono gris generalizado acaba por opacar cualquier posible recuerdo que pudiese haber quedado.

Valoración: Está bien. Sin más. No quiero ser injusto tampoco, mal no está. Es "del montón". Como si a "Luther" le hubiesemos quitado a Idris Elba o a "Lucky man" a James Nesbitt.