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jueves, 25 de octubre de 2018

De Detroit a Triana


Creo que "De Detroit a Triana" está lejos de las novelas tipo que suelen llamar mi  atención y, por ende, será difícil encontrar alguna similar en este blog.

Es un estilo tan ajeno a mí que desde que finalicé su lectura he postergado el momento de publicar este post en una búsqueda de justificación del por qué de su elección, apenas dedicando un segundo pensamiento a lo que me gustaría comentar sobre la misma.

Lo cierto es que, por superficial que pueda sonar, elegí la novela por el título. Nada más verlo me chocó mucho el contraste entre una ciudad americana y un barrio sevillano.

Lo fácil sería quedarme ahí, pero sería mentir. Gracias a (o por culpa de) Julio Muñoz Gijón, "El Rancio", autor que disfruto como lector (y cuya obra de teatro, vaya por delante,  me encantaría ver), se despertó, hace un par de años,  mi curiosidad por la ciudad a orillas del Guadalquivir s, gracias en gran parte a su capacidad literaria. Desde entonces, "El Cachorro"  y Triana, han pasado a formar parte de mi acervo cultural y mantienen un extraño influjo sobre mi persona.

Por eso, ante un título tan sugerente o al menos que a mí me llamó la atención, no pude más que leer la sinopsis de donde deduje (en un acto, sin lugar a dudas,  propio de un vidente realmente talentoso)  que su lectura me sumergiría en una historia con algo de humor, que me iba a descubrir el embrujo que la ciudad andaluza ejerció sobre el escritor quién, la visitó en un intercambio universitario y acabó cautivado por su idiosincracia particular.

No fue hasta la adquisición de la novela cuando descubrí quién era Ken Appledorn e, infantilmente, empezaron mis prejuicios hacia la lectura de la novela. No soy (o no me tengo) por una persona mitómana, y aunque "los Morancos" son uno de los escasos grupos humorísticos a los que dedico un mínimo de tiempo cuando se ponen delante, reconozco que el descubrir que el escritor era el marido de Jorge Cadaval, más que sumar, restó.

En ese momento inicial postdescubrimiento, me arrepentí un poco de mi elección, hasta me avergoncé de mi escaso gusto, sintiendo que no iba a encontrar forma de justificar su lectura y que iba a acabar con mi "supuesto" glamour literario.

Hoy, una vez terminada su lectura, lo único que lamento es haber podido vivir en el desconocimiento un poco más, lo justo para disfrutar de la lectura en toda su plenitud sin tener elementos externos para saber cómo iba a acabar la narración.

La novela, no es una obra que transmita sensación de buscar alcanzar grandes hitos literarios pero se muestra (al menos así se ha revelado ante mis ojos) como un relato agradable y cuenta con algunos momentos graciosos que sirven para aderezar la historia y romper la monotonía, convirtiendo su lectura en una opción agradable para amenizar un par de tardes (su longitud no da para mas).

El relato tiene entre sus grandes valores contar con un narrador ameno, una historia honesta, humana y sincera (o al menos eso parece) que evita por todos los medios caer en la parodia o en el humor fácil que podría haber resultado de contrastar la cultura americana y la sevillanda.

Los amantes de "8 apellidos vascos", su secuela o, por ejemplo, "Bienvenidos al Norte", no encontrarán en este libro el exprimido juego de contrastes, pues el relato evita en todo momento caer en la sucesión de desencuentros que muestren dos pueblos antagónicos y no busca en ningún momento provocar la risa con las situaciones cómicas que genera el choque cultural.

Tampoco es una sucesión de gags de los Morancos o una loa a los mismos, es más, quien busque eso encontrará más referencias (y muchas más excusas para soltar un par de carcajadas) en la primera entrega de la novela de Muñoz Gijón que en esta obra. Así que si alguien se plantea comprar el libro para ver si disfrutas de uno de sus espectáculo por una cuarta parte de su valor, se va llevar un chasco.

A nivel particular la lectura, para mí, ha supuesto la oportunidad de conocer a alguien con una vida singular y un proceso vital enriquecedor que en su caso le llevó a dejar su hogar para intentar ser feliz en otro lugar. 

El camino, o lo que comparte con nosotros, se demuestra difícil, más aún para una persona que salió de un entorno sobreprotegido (y sin querer, represivo) para encontrarse, siguiendo una corazonada y un consejo, al otro lado del océano, en un ambiente distinto, más abierto, desinhibido y quizás demasiado "floclórico", en donde descubrió, no sólo lo que era el amor (que también) sino  cómo para algunas personas la felicidad no reside en el éxito profesional y económico sino en ese intangible difícil de definir que tratamos de abarcar con "sentirse agusto con uno mismo y lo que hacemos"

Ligera, agradable, llevadera, cómoda y asequible, su lectura ha supuesto una pausa muy liberadora tras una sucesión de obras más pesadas y exigentes. Además, me ha dado la oportunidad de pensar y dar vueltas a distintas facetas de mi vida (y la de otros) y tratar de valorar las situaciones desde otro prisma, en un momento (si es que sólo hay uno de vez en cuando y no es un estado permanente) en el que uno reanaliza sus prioridades y objetivos.

Valoración: A mí, me ha gustado. Entiendo que a lo mejor a muchos otros no, pero para mí ha sido lo suficientemente agradable, reflexiva (sin ser pedante), humana y, además, me hizo reír bien agusto con un par de anécdotas (o situaciones variopintas) para enmarcar, con especial mención a l que le sucedió en su primera Semana Santa.

En otras cosas....

En cine sigo insatisfecho. 

"Black Panther" me ha dejado bastante frío.

"Antman and the Wasp" es más dinámica pero no ha llegado a generarme emoción alguna, con Michael Douglas insulso y un actor, Paul Rudd, que nunca termina de llegarme/llenarme.

En música esta semana no me ha dado margen a casi nada pero me quedo con la sorprendente y extraordinaria voz de Bradley Cooper en "Shallow", una canción que llega y crece conforme se viene arriba el personaje de Lady Gaga.



martes, 16 de enero de 2018

Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia - Trilogía de Getafe, Vol. 1



El tiempo va pasando y antes de que te des cuenta Enero se habrá ido, dejando atrás los Reyes, los regalos, las vacaciones y esa extraña sensación de vacío que desde que eres niño deja la superación de la navidad.

Es un periodo raro, una especie de burbuja atemporal, que te aleja de la rutina y lo cotidiano y te acerca a la familia y los recuerdos. Es época de nostalgia y recogimiento, de mantas, sofás y alguna peli (sin el "buena" delante, que no es fácil dar con una).

Para mí es época de pausa, poner en orden ideas y el momento elegido para coger algo de aire antes de afrontar un nuevo (y largo) año.

Siempre intento acabar el año con una gran lectura. Este año no fue excepción pero me fallaron las fuerzas cuando comencé con la lectura de esta novela y el ojo jugó una mala pasada y además, eligió mal.

Como ya pasara hace 365 días, la última novela de un año se ha acabado convirtiendo en la primera del siguiente y, al igual que entonces, las espectativas creadas no se vieron cumplidas.

Lorenzo Silva es forma y fondo, por lo menos siempre lo ha sido para quién escribe. Pero en esta novela, aún cuando la forma suele ser la suya la mayor parte del tiempo, el fondo no está a la altura en una de esas novelas "juveniles" o de "prota" juvenil que no termina de alcanzar al adulto que la lee.

Sería injusto si dijese que no aporta nada, de hecho sería mentir, pero faltaría a la verdad si no dijese que "Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia" ha sido un poco decepcionante.

Lejos de la versión "negra" del autor (que es la que me lo dio a conocer y la que más me gusta) y de otras lecturas suyas que, en general, siempre me han llenado, esta primera entrega de la Trilogía de Getafe me ha dejado indiferente, algo que nunca me ha gustado.

En ningún momento he terminado de meterme en la novela, algo que me desagrada sobremanera y no he conseguido sentir empatía por Laura, su personaje protagonista, una adolescente en pleno proceso de cambio que de la mano de su hermano (Adolfo, el "hamster") en los primeros compases de la novela consiguió arrancarme una sonrisa pero que, poco después, acabó por generarme una apatía y cierto estado irreal de duermevela que sólo en los últimos compases conseguí quitarme de encima.

Como lector esperé con ansia el comienzo de la historia, una presentación no del todo adulta pero sí lo suficientemente evocativa como para retrotraerme a mi pubertad (o a un periodo adulto temprano que no es tan lejano) y consiguió tocarme una miaja la fibra.

Pero luego, coincidiendo con la evocación del viaje de Andrewj, me sentí el lector inocente de una historia sin chicha, carente de chispa, que me iba alejando de Laura, su romance y una Polonia idealizada con una aventura sin gracia que carecía de tensión alguna.

Las páginas se fueron sucediendo hasta que unos días de vacaciones me permitieron resetear un poco el coco y poder afrontar el último tramo con algo más de brío y un cerebro preparado para seguir penando. 

Sólo aquí, en ese último instante de la novela, creo que Lorenzo Silva consiguió llegar a mí. 

Un "mí", que no es más que la versión presente y adulta de quién soy ahora mismo, camino de los cuarenta, a través de la mirada y pensamientos de Laura. 

Me gustaría pensar que el autor madrileño recuperó su pulso habitual y finalmente conseguimos reencontrarnos en nuestros lugares comunes pero hay una parte de mí, la más cinica (o la más honesta), que piensa que al leer ese fragmento la voz que se escucha no es la de la adolescente getafense sino el adulto que se esconde detrás y que esa extraña comunión que se establece se cimenta en la forma en que habla de sueños incumplidos y esa sempiterna esperanza de que de alguna forma (y con mil ajustes) puedan llegar a cumplirse aunque nunca sea de la forma en que originalmente lo llegamos a soñar.

Me gustaría poder recomendar la novela para todo el mundo pero para mí tiene más de lectura para estudiantes de instituto a los que las hormonas aún no han convertido en gansos por completo que de entretenimiento real para un adulto.

Las últimas páginas me han llevado a dudar si encontraré el espacio para la segunda de las entregas pero de momento la respuesta es "no lo creo".

Valoración: No me ha gustado. 

No es una novela de Lorenzo Silva tal y como la concibes, si es en el camino has leído alguna de las suyas, ni entra propiamente en lo que para mí es una lectura adulta y madura (salvo algún momento final).

Me deja un regusto bastante desleído, un tanto ocre, carente de ese "algo" que para mí suele definir sus obras, más próximo al tono general de algunos de los relatos de "El déspota adolescente" (en el que sólo algunos relatos destacaban sobre un tono más o menos monocorde) que la brillantez como escritor de novela contemporánea que alcanza en "Música para feos", donde creo que toca cuestiones parecidas pero las muestra de una forma más adulta,  menos onírica.

lunes, 16 de octubre de 2017

Carne picada


Me equivoqué, de no haber sido así creo que nunca habría llegado a este libro.

Estoy convencido de que habría sido una pena pero, si normalmente digo cómo llego a ciertos libros, me parece lo lógico reconocer que "Carne picada" llegó a mí (o yo llegué a él) por un error y que, de  haber ido todo de la forma habitual,  es probable que ni habría sabido de su existencia.

Cuando me lancé a la caza de un libro, lo hacía buscando en concreto uno de Carlo Lucarelli, autor de novelas negras italianas. Quería leer algo suyo (es uno de los mencionados en aquel artículo sobre el "spaghetti crime" de "El país" de hace un par de meses), sin tener muy claro cuál. La idea era darle una oportunidad para ver si me interesaba seguir con él en la lista de pendientes (esta vez con un argumento propio no heredado) o si se podía caer por no ser de mi gusto. En el fondo se trataba de darle "su momento".

Al buscar en la página de la librería busqué por el autor y apareció un listado, entre el que el título "Carne picada" me llamó la atención. 

Vi la sinopsis, generé una expectativa (que a posteriori se ha demostrado injustificable) sobre crímenes y asesinatos en una cocina y no me fijé en ningún momento en que el nombre de la portada que acompañaba a Lucarelli era Leonardo y no Carlo.

Así que con ese derroche imaginativo y una portada que se ajusta perfectamente a lo que es el eje de la novela del autor y, desgraciadamente, al de mi paja mental, estaba totalmente dispuesto a emprender su lectura sin entrar a valorar nada más.

No me di cuenta del error (ni novela negra ni Carlo Lucarelli) hasta la mitad de la historia, cuando me puse a buscar cuándo había estado Lucarelli en una cocina o si todo lo narrado era pura y simple ficción.

Ahí, Leonardo apareció como alguien distinto a Carlo. Mientras éste es un maestro de la novela de misterio el otro es un cocinero que se convirtió en chef en la última década.

En mitad de una historia, sin sangre de por medio (salvo la originada por el corte de un dedo de la mano en un descuido) y sin sensación de thriller por ningún lado, acabé por reconocer el error, me reí de mi mismo, me puse colorado, dejé de buscar lo que no podía encontrar ahí y me limité a seguir disfrutando de la historia con los elementos que me habían dado, sin buscar nada más.

Es evidente que se sale de mis lecturas habituales, lejos de cualquier parecido con la novela negra o fantástica que suelo tener entre mano. Como casi todas las que me han gustado ha llegado a mi vida sin querer y se queda sin que haya forma de poder evitarlo, a pesar de no procurarme el solaz y la evasión que siempre busco.

"Juntos, nada más" de Anna Gavalda o "El silencio de la ola" de Gianrico Carofiglio, son dos de los mejores ejemplos de este tipo de novela que no tienen fama pero que en un momento dado me marcaron y desde entonces me acompañan con el paso de los años, a la espera de momentos futuros en las que las releeré (por segunda, tercera, cuarta vez...). La primera de las dos, que tiene un aire más cotidiano y también dedica algo de su tiempo al mundo de la cocina (aunque con un carácter más tangencial) ofrece algo más próximo a la obra de Lucarelli, si bien la forma de escribir del autor italiano se asemeja más a la de su compatriota.

Me gusta sus primeras páginas (y, por qué negarlo, lasúltimas). Para mí marcan el conjunto de la novela al predisponerte como lector. En ellas Lucarelli habla de por qué uno quiere ser cocinero y lo hace con honestidad, desde mil puntos de vista, con el conocimiento que da haber vivido y entendido las motivaciones, necesidades y deseos de quienes se mueven a tu alrededor. 

Lo hace sin juzgar y con una simpleza de planteamiento que te aproximan a él en apenas cinco minutos. Y lo mejor es que muchos de esos porqués no se circunscriben tan sólo al mundo de la cocina, son extrapolables a mil situaciones distintas de la vida (profesiones, hobbies, adicciones, etc...), describiéndolas con pulcritud y un carácter marcadamente directo.

Escribo sobre una novela introspectiva, que habla de personas (con el marco de la cocina de telón de fondo, pero podría haber sido algún otro universo profesional altamente competitivo y muy estresante, creo que por desgracia ejemplos sobran), del paso de los años, de las expectativas creadas (y de lo que sucede cuando no se cumplen), de los giros inesperados, de la suerte y de su ausencia...

Su protagonista, el propio Leonardo Lucarelli, nos narra casi veinte años de su vida. Lo hace de forma amena, describiendo el día a día, demostrando que no hace falta ser minucioso para ser detallado, con un personaje (él mismo) real y tangible, que vive muchas cosas, algunas (quizás muchas) de las cosas que cuanta forman parte del pasado común de muchos de nosotros y, quizás por eso, resulta muy agradable (y algo triste) de leer.

Ni siquiera la ambientación eminentemente italiana produce distanciamiento. Las personas (al menos con vínculos culturales marcadamente mediterráneos) son bastante similares y, aunque es evidente que las celebrities a las que se refiere en la novela no son conocidas aquí, no resulta difícil extrapolar comportamientos y caracteres.

Los desvaríos, inconsistencia, errores y triunfos (los del protagonista) son los de muchos de nosotros o, al menos, son muchos de los míos. Su aprendizaje similar, su carácter, sus impulsos, su forma de ir entendiendo el mundo, todo me ha hecho recordar y pensar en momentos y paisajes aislados, a las dudas de entonces (incluso aquellas que siguen acompañándole (o me) aunque pasan los años), los sueños que siempre están por ahí esperando a verse cumplidos, la sensación de que nos vendieron una versión de la vida que no llega nunca y que deja un poso muy amargo conforme avanza el tiempo y empiezas a entender que nunca va a presentarse como la habíamos concebido.

Lucarelli no vende el secreto de la felicidad y se agradece. Narra un periodo de su vida (casi hasta el presente) y deja abiertas todas las alternativas posibles, porque hasta cuando está cerrando la historia quedan pendiente dudas y reflexiones, con esa sensación de que su vida (y la nuestra) es cambiante y no existen fórmulas fijas que garanticen un resultado de forma permanente.

No incluye momentos muy románticos (ni en el concepto de la vida ni en cuestiones amorosas), lo que convierte su lectura en un ejercicio de realismo muy de agradecer, con una amistad increíble aunque escueta con un Matteo al que todos querríamos tener de amigo. 

Es la historia de una persona en una zona intermedia, lejos de esos afortunados que hacen realidad todas sus metas pero también de quién se cría y vive en zonas marginales y no tiene salida a su situación desde que nació. Por eso me ha resultado muy fácil identificarme con él, sentirme a gusto con su lectura y entender lo que le mueve (y lo que le detiene).

La ambientación en el mundo de la cocina sirve para explicar mejor un mundo idealizado en según que medios y martirizado en el resto, entendida como un ambiente de trabajo como muchos otros, cambiante, estresante y despótico, donde no siempre quién mas sabe es el que progresa y donde la suerte juega un papel muy importante en el resultado final de tu trabajo.

Que me gusta el mundo de la gastronomía y lo que mueve creo que alguna vez ha quedado patente en este blog pero, si bien me gusta la sensación de un protagonista que explora distintos aspectos de ese "ecosistema" tan singular y a la vez tan desgastante (desde la nouvelle cousine a la comida más tradicional, pasando por sitios que simplemente dan de comer de la forma más rápida y sencilla posible (sea o no buena)), lo que más me gusta es la sensación de que esta novela la ha escrito alguien que ha vivido con aciertos y fracasos y que cohabita espacios comunes a los míos.

Leer sobre ti mismo sin tener que escribirlo tú tiene un gran valor. Ese viaje personal en el que me ha sumergido "Carne picada" no tiene precio por mucho que sus peros existan y sean muy presentes, entre otros que no deja muchos momentos para el recuerdo a los que poder aferrarte cuando tratas de recordarla.Quizás, como pasa con la propia vida, lo inolvidable es la emoción sentida cuando pasas por el lance y el recuerdo que te deja cuando lees algo parecido en el que otro es el protagonista.

Valoración: me ha gustado.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Los casos de Horace Rumpole, abogado


Tras un periodo de ocupación masiva que me ha impedido pasar por aquí a comentar lo que he podido leer, vuelvo con la intención de ponerme al día tan pronto como sea posible con todo lo pendiente.

Empiezo con "Los casos de Horace Rumpole, abogado" siendo consciente de que hay unas cuantas lecturas más antiguos pendientes de comentario, pero hoy no dispongo de mucho tiempo y creo que con ésta tengo la idea de lo que quiero decir bastante clara así que...

De las novelas que he leído últimamente me parece de las más flojitas. 

No voy a negar que en este año ha habido unas cuantas olvidables, o al menos intercambiables, es más, con una o dos de las que aguardan comentario tengo algo de descoloque porque dentro de que tienen un asesino en serie entre sus páginas no termino de tener claro a cuál de las parejas investigadoras estoy refiriéndome en cada momento, así que tendré que releer la sinopsis para ubicarme antes de hacer algo más.

Con Horace Rumpole lo tengo bastante más claro, es difícilmente olvidable porque no hay muchas novelas parecidas, otra cosa es que ésta, merezca la pena. Para mí no es el caso.

Mi problema con Rumpole es, fundamentalmente, de forma.

Pasó según comencé a leerlo, sabía que no era algo que me fuese a entrar bien pero, además de que me cuesta mucho dejar un libro a medias, lo cierto es que no quise quemar otras novelas con más opciones en un momento en que no iba a estar tan centrado como para disfrutarlas como merecen.

Desde la primera página la novela se nota vieja, esa sensación que transmiten aquellos relatos que te producen cierta desazón al empezar con ellos porque "no suenan" como el resto. No es un problema de ambientación o temática, eso quiero que quede claro, Anne Perry, por ejemplo, ambienta sus novelas en la época vitoriana pero nunca transmiten sensación de obsolescencia, con un lenguaje claro, ameno, agradable de leer.

Quizás se deba a que las novelas no fueron el punto de partida de la serie, sino la televisión, donde triunfó. No discuto que en aquel formato pudiese tener éxito y "sentido". Finales de los 70, comienzos de los 80, con una televisión bastante benévola y un público poco exigente. A nada que contase con un actor carismático y una ambientación correcta, la cosa pudo funcionar bastante bien.

En novela, por desgracia, la situación es otra.

Y uso "novela" cuando la realidad es que más bien se trata de sucesión de casos que tiene que defender Rumpole en los juzgados de Londres. Relatos cortos que en su día posiblemente se publicasen en periódicos o revistas de forma aislada y que después de recopilaron para conformar un libro. En ese formato posiblemente tuviese algo de sentido, con una lectura muy rápida, sin apenas margen para cansarse ni margen para tener sensación de repetición.  Pero al agruparlas todas pierde la gracia.

Cada caso se convierte en una repetición del anterior, no tanto por la temática como por los lugares comunes que continuamente visita, casi utilizando las mismas palabras en cada historia. 

Las continuas referencias a "Ella la que debe ser obedecida", a su historia en el buffete, los casos que le hicieron famoso, su conocimiento sobre las máquinas de escribir y su estudio sobre las manchas de sangre. Una y otra y otra vez van apareciendo en el libro, en el mismo orden, con repetición de las gracietas y comentarios, hasta el momento en que, no has llegado a la mitad de la novela cuando ya te han saturado.

Así que llega un momento en que comienzas los capítulos con cierto miedo y algo de enfado,  con un lenguaje no ayuda, ambientación es casi inexistente y los personajes, que es lo único que te puede dar la historia, se muestras bastante desangelados, sin gracia ni alma alguna.

No hay ningún momento en que termines de sumergirte en la lectura, notando cada vez una urgencia mas acuciante por poder terminar el libro y cambiar el registro. Con ese desgaste y cierto desánimo, el conjunto, que sin ser largo se hace lento, acaba por convertirse en algo eterno.

Y la lectura que aporta, ya que en cada caso se plantea alguna cuestión polémica o debatible sobre el ejercicio de la abogacía en cualquier momento temporal, pierde parte de su sentido porque transmite siempre al lector una finalidad moralizante que la desprové de parte de su encanto.  

La realidad es que el texto es que la narración no es cautivadora y las historias ni emocionan ni impactan (al contrario de las de Von Schirach, el otro abogado que ha pasado por este blog).

Por mucho que John Mortimer intente que Rumpole resulte agradable y gracioso no lo consigue, quedándo un personaje apolillado, envejecido, de retirada y resignado, frío para el lector, representante de una época misógina y clasista que si bien no representa sí le prové de algunas características que no resultan agradables y, además, su "padre literario" le dota de una flema británica que no siempre disfruta el lector, por mucho que el personaje se sienta muy gracioso.

Valoración: no puedo decir que esté mal, pero desde luego se ha quedado muy lejos de gustarme.


lunes, 19 de junio de 2017

Tres días y una vida


Quizás lo primer que debería decir de "Tres días y una vida" es que no es una novela negra o, al menos, no lo que normalmente uno espera como lector cuando coge una novela clasificada de esa forma. La historia de Antoine es muchas cosas y puede tener mucho interés pero no es una novela negra al uso.

Desde el primer momento sabemos lo que ha pasado y quién es el responsable. La investigación policial tiene una presencia testimonial, sirviendo, nada más, como manifestación del pasado que, como una sombra, se ciernesiempre sobre el protagonista, condicionando sus decisiones y su futuro. Es, por tanto, una novela distinta, alejada de lo convencional, más próxima a la "Contemporánea" que a la negra.

La historia se reparte en tres partes asimétricas que hacen referencia a tres momentos de la vida de Antoine que le marcan de una forma u otra.

1999 - es el año en que Antoine comete su crimen y durante todo ese fragmento observamos cómo se comporta y se desenvuelve durante los días que siguen la tragedia.

Es el fragmento más grande de la novela y sirve para situar a varios personajes que, posteriormente, tendrán incidencia en la trama de una u otra forma.

2011 - habla de un nuevo error de Antoine o de una nueva forma de incontinencia que, en este caso, no supone problemas morales para él pero sí condiciona su futuro en parte por la sombra del homicidio y la investigación (aún) activa de la desaparición del pequeño Remi.

2015 - Nos muestra lo que será el desarrollo de la vida de Antoine de ahora en adelante, con algún elemento sorprendente por el camino que termina por cerrar la historia.

En la sinopsis aparece el término "culpa" y lo sitúa como eje central de la historia y he leído algún comentario en internet que también hace referencia a ese mismo sentimiento como elemento conductor de la historia.

Mi lectura es algo distinta. Para mí apenas aparece el elemento de la culpa en la historia (fuera de las 3 o 4 primeras páginas tras la muerte de Remi). Antoine se mueve en un primer momento por puro instinto de supervivencia y, como queda demostrado con posterioridad, por una carencia casi completa de sentido de responsabilidad por sus acciones que encubre con mil y una excusas distintas (miedo a la humillación pública, manifestada y camuflada bajo un número ilimitado de justificaciones y coartadas morales/personales/familiares para poder seguir adelante consigo mismo).

Otra palabra que marca la historia es "secreto", causado por el "miedo al descubrimiento público de algo", la "vergüenza pública" o el pavor al "qué dirán".

Hablar de culpa (incluso suponiendo que sea aplicable a la Antoine) sería centrar en él todo el protagonismo de la trama y desmerecer lo que sucede alrededor, pues, en el fondo, conforme avanza su lectura personajes en principio secundarios y marginales (como su madre o Emilie) cobran un peso e importancia cada vez máyor, siempre desde las sombras.

Nuestra mirada no es objetiva en la historia y, como si de nuestra propia vida se tratase, vamos conociendo los hechos "reales" conforme avanza la historia y aparecen ante nuestra mirada los distintos procederes de la gente de alrededor de la vida de Antoine.

En eso recuerda a la forma en que escribió Pierre Lemaitre, "Alex", la segunda historia de la serie del Comisario Camille Verhoeven, donde el lector tenía se veía a ir ajustando su visión (e ideas preconcebidas)  sobre el personaje conforme se ampliaba la información sobre lo que había pasado mucho antes del momento en que se produce su secuestro.

Esa forma de narrar, tan Verhoeven (tanto en el fondo como en la forma), permite experimentar un sin fin de sentimientos encontrados que no siempre son agradables.

La novela es dura y se hace algo pesada, con una narración cruda, incluso áspera para el lector. Con un personaje que genera rechazo (en lugar de cariño), conforme va avanzando la historia y se nos va mostrando a través de sus actos, sin ambages, subterfugios ni justificaciones pueriles.

Conocemos su gran secreto y el proceso interno que le mueve prsenciamos su narcisismo, la falta de valentía, su incapacidad para ser crítico, una marcada falta de moral y, por encima de todo, su imposibilidad para aceptar las consecuencias de sus actos. 

Cuanto le sucede siempre es culpa o consecuencia del proceder de los demás, se victimiza ante nuestros ojos cuando hemos sido testigos de todo, y, conforme va avanzando y le vamos conociendo, nos vamos distanciando del joven desgraciado al que un momento de mala suerte pudo arruinarle la vida, convirtiendo la empatía/simpatía por rechazo, frialdad y distancia.

Aislamiento y soledad, personajes mezquinos y ruines, como sólo la propia vida puede crearlos, pueblan las páginas de una novela cruel para el lector que no encuentra  en ninguno de sus protagonistas amparo y sustento.

No es una lectura agradable, por bien hilada que esté y es tan real que no ofrece ese escape que a veces es deseable para dejar atrás las situaciones menos agradables de nuestro día a día.

Valoración: está bien. Es una buena novela, simplemente no me ha ofrecido el solaz que buscaba, si bien reconozco el mérito que tiene conseguir mover tanto sentimiento encontrado (incluso de rechazo o desagrado).

miércoles, 10 de mayo de 2017

Fuera de lugar


Salto una vez más el orden. Tengo lecturas por comentar pendientes y trataré de hacerlo en los próximos días pero tengo la necesidad de hacerlo porque si no lo escribo ahora, cuando casi acabo de terminarlo, no sé si seré capaz de comentarlo con coherencia.

"Fuera de lugar" es más un ejercicio literario, un experimento, que algo que estructuralmente llamaría "novela" y, si llega a serlo, no es como ninguna que haya leído hasta la fecha.

Es una lectura siempre en contrasentido, anárquica, hasta cierto punto caótica, que seguramente a su creador le exigió un volumen de intencionalidad tremendo, nada que parece tan deslabazado y casual consigue el resultado que obtiene aquí Kohan si no hay mucha premeditación detrás.

Su título "Fuera de lugar", va a ser mi hilo conductor, como lo es en la obra, para escribir un post que imagino breve aunque no sé si muy aclaratorio.

No hay equilibrio entre la forma y el fondo. La forma es preciosista, Kohan escribe con arte sin caer en lo recargo ni la floritura. Es prosa sensata, estilista, coherente, asequible, en una narración donde precisamente la descripción prima sobre cualquier otro recurso, incluído el diálogo. Sólo por eso ya es una rara avis en los tiempos actuales o, por lo menos, en las novelas que suelen pasar por aquí.

Pero es que, además, no pega nada en absoluto con la crudeza, desagrado y realismo (que no queremos ver) que muestra en su trama. No hay equilibrio, lo uno con lo otro chocan, parece que está fuera de lugar.

Como lo están muchos (puede que todos) de los personajes de las historias. Y uso el plural porque la novela comienza hablando de una cosa y termina con otra totalmente distinta, dejando inconclusas e inconexas ambas... o las tres si pensamos en un suicidio que queda sin explicar... o las cuatro si nos centramos en el pobre Guido...

Si algo tiene en común el conjunto es que cuantos lo pueblan no parecen pertenecer a los hechos que suceden, están ahí porque alguien los ha puesto (Kohan), están en la historia, pero que en el fondo ninguno termina de formar parte de la misma. Sólo "están", nunca "son".

Quizás por eso no importan los nombres, las profesiones o lo que hacen, es un conjunto de historias, un todo inconexo de desventuras deslabazadas, que o no tienen un comienzo definido o carecen de final, que tienen continuidad una en la otra pero son inconexas entre sí, con ese único nexo en común, que todos comparten, esa sensación de sobrar, de no pertenecer, de estar fuera de lugar.

Seguramente el primero que sobre sea yo, que durante toda la lectura me he sentido voyager obligado de historias que no quería leer, en las que no me he conseguido meter pero que tenía que terminar para ver si encontraba un sentido a todo.

He tenido que lidiar con la repulsión de una narración que durante casi dos tercios se centra en el mundo de la pornografía infantil, que me llegado a generar vergüenza al leerlo en un metro y temor porque alguien leyese por encima del hombro viese lo que ahí ponía, y que, para más inri, no termina, cambiando de registro de forma inesperada hacia un suicidio incomprensible que al final degenera en una muerte, dentro de una última historia inesperada, que se sabe tragedia pero que no sale por donde uno espera que vaya a ir y que te dejar con sensaciones tan inconexas e inesperadas como: sorpresa, resignación y asombro.

No puedo valorar bien una novela que no recomendaría porque no creo que aporte nada pero tampoco puedo dejar de admirar el hecho de que su autor haya conseguido generar un conjunto tan dispar de sensaciones/emociones en mí que, aún veinticuatro horas después de haberlo terminado, sigo sin conseguir desligar/entender. Pena, repulsión, insatisfacción, admiración... se desgranan en mi interior ahora cuando escribo, sorprendido aún de que todo lo que ha salido hoy, aquí,  estuviese realmente ahí porque cuando lo terminé anoche y pensaba: ¿y a parte de "No me ha gustado", qué pongo?

Honestamente no puedo decir que Martín Kohan no sea un genio. 

Consigue lo que creo que se proponía, hacer que el lector se sienta "Fuera de lugar", emulando a cada uno de los personajes (que no sé si protagonistas) de su novela, admirando un estilo narrativo bello en una trama que te revuelve, donde además lo bueno acaba castigado y lo malo impera.

Una lectura singular, única. Lo que no sé es si recomendable.

Valoración: está bien.

domingo, 2 de abril de 2017

"Love, Rosie" o "Donde termina el arcoiris"



Mi historia con "Love, Rosie" comenzó hace algo más de dos años, cuando salió la película. La ví, la volví a ver... lo hice una tercera vez.... y, tras localizar el "based on the book..." conseguí la novela original.

Tras un año de vacancia, comencé su lectura pero tras cubrir las primeras 60 páginas, descubrí que me hacía sonreír pero que no conseguía arrancar el instinto de ir a por todas con él y lo dejé apartado pendiente de, quizás, un momento mejor.

Ha pasado más de un año desde entonces y siempre lo he visto en mi biblioteca, lo colocaba para tenerlo en la terna final pero nunca lo acababa cogiendo... demasiado largo, conocía la historia, no quería realismo... mil y una excusas para no elegirlo.

Hace poco más de tres días me decidí a darle la oportunidad. Con miedo, no paso por el momento más centrado de los ultimos tiempos, así que ni por temática, ni por idioma ni por longitud tenía claro si realmente conseguiría llevar su lectura a buen término.

Las dudas se apagaron el segundo día cuando conseguí pasar el momento en el que me quedé la vez anterior. Ese en el que la novela diverge un poco de la película y te puedes enganchar tranquilamente sabiendo que lo que lees no lo has "visto" todavía o no así.

Dos días más tarde, tras un empacho de proporciones épicas aprovechando un fin de semana algo anodino y la necesidad de aprovechar la coyuntura para saldar esta deuda pendiente, sólo puedo decir que no me equivoqué cuando lo compré, aunque no sé si mi estado de apatía se debe en parte a la novela.

Voy por partes.

Por estilo es una de las novelas más ágiles que se pueden tener en las manos. Epistolar no se ajusta a su contenido pero sí muestra una idea clara, casi toda la novela (menos el último capítulo) consiste en una sucesión de escritos (que van desde cartas a notas de papel en clase) entre los dos protagonistas o alguna de las distintas personas que les acompañan durante un periplo de varias décadas.

Es una novela carente prácticamente de descripciones, sólo las justas para que quién lea la carta se sitúe en un hecho concreto. Es en los cambios de personajes y puntos de vista como su creadora consigue hacernos llegar la complejidad de cuánto acontece, la idea global de las mil historias (y vicisitudes) que acontecen en la vida de sus dos protagonistas principales (Alex Steward y Rosie Dunne, en quién se centra el núcleo duro de la novela).

Es una novela extremadamente realista que muestra el día a día de todos nosotros a lo largo de un periodo de tiempo extenso, por lo que uno debe ir mentalizado a que no se trata de una comedia al uso, sencilla y sin complicaciones, que se deja una vez terminada sin que te haya hecho pensar. O, al menos, yo no he sido capaz.

Me ha sorprendido mucho el ver parte (si no todas) de mis reflexiones personales en boca de varios personajes. Consejos que en un momento dado en situación similar hasta dado (o recibido), quejas sobre el sinsentido que es en muchas ocasiones la vida, la ruptura con conceptos como felicidad absoluta, como que la vida te recompensa, que todo llega, que hay un momento en que la llegas a entender, que llega el día en que ves como tu esfuerzo fructifica, que todo se puede explicar, que lo malo ha sido buscado y que si obras bien al final obtienes tu recompensa.

Leer sobre todas estos temas sin que quién lo haga te esté intentando convencer de nada es muy de agradecer, intentar pasar por su lectura sin que algo se remueva dentro es harto complicado. Vida, muerte, amor, soledad, amistad, frustración, rabia, desencanto, engaño... todo tiene su momento en una novela que está muy lejos de caer en el paroxismo propio de telenovela mala. Los personajes que Ahern pasea por su obra son tan mundanos y cotidianos que casi es posible ponerles cara y nombre próximos a nosotros, sus sentimientos, emociones y afecciones son tan "creibles" que te llegan solas, sin necesidad de que ninguno de los personajes haga alardes de nada. Sus "errores" son los nuestros, sus "aciertos" en muchos casos ni siquiera llegan a tener el brillo del héroe literario y tienen más de breve remanso en una vida tumultuosa que de uno más de muchos momentos brillantes (igualito que los del resto). Y todo crea un todo coherente, perfecto en la infinidad de imperfecciones, aristas y carencias que el día a día nos ofrece a cada uno de los que tenemos la suerte de vivir.

El núcleo es la relación entre Alex y Rosie, cimentada a los 7 años y sometida a mil y un requiebros, aciertos que no fructifican y errores que les paralizan, acumulando un sin fin de momentos memorables que resulta muy díficil olvidar una vez los has leído.

Y es que "Love, Rosie" tiene algo de "cotilleo de diario", de intromisión en sentimientos ajenos y quizás por eso gusta tanto. No vives las cosas directamente sino contadas a posteriori por alguno de quienes lo han vivido y se entremezclan las opiniones.

El amor aparece de mil formas y muestra todas y cada una de sus caras, lejos de los relatos idílicos de otras obras, mostrando algo mucho más terreno, tanto que en ocasiones olvidamos lo que realmente es (o debería ser) y asumimos que es un estado mucho más próximo a un entendimiento bien llevado que a algo más visceral e íntimo.

Todo esto aparece relatado en la obra, de por sí extensa, amena aunque con algún tramo que se hace algo duro de seguir, en el que quien no haya visto la película tendrá la suerte de no poder ponerle cara a los protagonistas y vivir el relato en su plenitud desde un punto de vista subjetivo.

Yo no he conseguido quitarme a Sam Cafflin y Lilly Collins de la cabeza en toda la narración, en distintas versiones y edades, quizás porque estuvieron bien elegidos desde el principio (quién sabe), pero reconozco que a muchos otros personajes he ido poniéndoles cuerpos y caras muy british, con recuerdos de películas como "Notting Hill" o "Cuatro bodas y un funeral".

He buscado imágenes de las distintas zonas de Irlanda que aparecen mencionadas, he seguido sus andanzas y he querido a sus personajes. Y, aunque sólo fuese por eso, ha merecido la pena.

Como digo, quizás por mi situación personal (o sea mérito intrínseco de la novela), he acabado interiorizando alguna de las charlas, recordando momentos de mi vida, situaciones pasadas y presentes, experimentando un montón de emociones encontradas y analicé distintos momentos y decisiones.

Dentro de eso que llamo "Novela contemporánea", "Love, Rosie" tiene un punto intimista del que muchas otras carecen. Muestra personas en entornos reales, con emociones y sentimientos creíbles, que te hace viajar por lo que los anglosajones llaman "Memory lane" y Carina, el baúl de los recuerdos y eso, dependiendo el momento en el que estés es bueno o no tan deseable.

Para mí el conjunto sitúa esta novela a la altura de novelas que me han impactado mucho como "La mujer del viajero en el tiempo" o "Juntos, nada más" pero incorporando una mayor carga emocional por el viaje interior que te puede llevar a hacer. Con esta novela no he sentido la necesidad imperiosa de llorar que hace años me generó "The notebook" de Nicholas Sparks (o "Mensaje en una botella") pero me ha generado un mayor nivel de agitación emocional, por mucho que durante su lectura la sonrisa y algún amago de carcajada a aflorado por si sóla.

Valoración: me ha gustado mucho.

P.D: No he revisado el post. No lo he releído. Quizás mañana. Si hay algún contrasentido, alguna inconsistencia, algún error ortográfico, mañana será otro día, hoy se trataba de escribir lo que me ha movido la lectura antes de que mi cerebro empiece a limitar (adulterar) su recuerdo.

En otro orden de cosas...

Esta noche volveré a ver la película dos años más tarde. Aún no estoy preparado para despedirme de Alex y de Rosie.

Repaso mucha peli antigua con recuerdos en las últimas semanas, quizás por eso menciono poco cine por aquí últimamente, pero sí quiero mencionar a una artista, Vanesa Martín, que descubrí tras mucho tiempo buscando una canción que oía pero no era capaz de situar y que a día de hoy, con "Munay", se ha convertido en una de las voces que más me evoca en el día a día y que escucho con más asiduidad junto a un Manuel Carrasco que con canciones como "Ya no" o "Uno x uno" me ha sorprendido enormemente.

Cualquier día de estos me atrevo con "Me before you" de Jojo Moyes o "One day" de David Nicholls.



sábado, 28 de enero de 2017

Pez en la hierba


Llevo varios días buscando la forma de describir las sensaciones que me ha dejado esta novela y no me resulta fácil porque su lectura ha acabado por convertirse en algo bastante personal, una de esas que por algún motivo te tocan.

Benévola es la primera palabra que me viene a la cabeza, por esa sensación de que te envuelve, te hace sentir y te lleva de la mano con tranquilidad y suavidad hasta tu destino. Una lectura de tarde lluviosa, en la que estás acurrucado en un sofá, con la manta encima, oyendo las gotas caer y te adentras en un terreno apacible, que hace que te olvides de todo, disfrutes del confort y, simplemente, sientas.

Fácil... cómoda... asequible... interesante... bien llevada... podrían ser otros adjetivos y formas de definirla, pero ninguna llega a estar por encima de "benévola".

Y eso que no termino de tener claro si es una novela negra de corte social e intimista o una novela contemporánea con algo de misterio de fondo. 

Habrá quién diga.. ¡¡ahhh, una del tipo de la serie de Baztán!!. Yo no establecería esa relación porque en esa serie hay una tensión y una espectativa hacia la investigación que en esta novela no se llega a general. 

El misterio, que lo hay (la desaparición y muerte de dos chicas jóvenes varios años atrás) está presente de forma constante pero no por la necesidad de resolver un misterio casi inescrutable y poner la ficha final que complete el puzzle sino como paso necesario e ineludible para restañar definitivamente una herida que destruyó el equilibrio de varias personas, sus familias y la ciudad en la que tuvo lugar y que, por mucho que quienes la sufrieron no lo quieran ver, aún hoy condiciona su existencia.

Me parece por eso tierna, apesar de la crudeza que en algunos momentos expone, pues no todos los que aparecen en ella lo son. Y por crudeza que la gente entienda muchas cosas pero no gore o cruenta.

Enriquecedora, porque de alguna forma sirve como viaje interior al lector, le lleva a recuperar sensaciones, recuerdos y vivencias íntimas con su familia o sus relaciones. Y, en mi caso, a dar gracias por cuanto he tenido y he podido disfrutar en mis relaciones paternas, con la comprensión y entendimiento del que he podido gozar y por la posibilidad de llegar a conocer a mis padres no sólo en su función de tales, sino como personas, en su caso llenos de matices y de elementos irrepetibles. Algo, que el Miquel de Ángel Gil Cheza empieza a descubrir bastante tarde.

Honesta, pues habla sin pudor de lo que casi nadie menciona, que todos, en mayor o menor medida, somos barcos a la deriva en algún momento de nuestra vida, pues es sencillo perder el rumbo y muy complicado recuperarlo.

Realista, con personajes que podrían ser nuestro vecino Paco, Mauricia "la pescadera" o, por qué no, nosotros mismos. Criaturas tridimensionales, llenas de emociones, sentimientos, dudas, incongruencias e indecisiones, que se juntan en un momento de sus vidas donde, de alguna manera, todos necesitan empezar a curar y cerrar heridas para poder seguir adelante.

Creíble, pues cuantos aparecen en la obra lo son pero por encima de todo lo es la forma en que se trata la vida y las relaciones entre las personas. 

Vivimos acostumbrados a sufrir por la diferencia tangible que existe entre la realidad que sufrimos en nuestras propias carnes y ese sueño maravilloso que en ocasiones (muchas) nos venden en la ficción (sea televisiva o novelada) o el que deducimos fruto del cotilleo en las páginas de facebook e instagram de otros, siempre vendiendo un amor  totalmente puro y sin aristas y explicando la vida como un camino bastante cómodo donde uno tiene la certeza de que por intentar las cosas y aguantar los sufrimientos, al final tendrá su recompensa.

Quizás por eso me ha llenado tanto "Pez en la hierba", porque no vende humo y se limita a narrar las vivencias de "personas", sus dudas, inseguridades y equivocaciones, y como, aunque les duela, deciden levantarse poco a poco sabiendo que quizás mañana la vida les vuelva a golpear de nuevo.

Es un intimismo que no quita para que de fondo aparezcan varios temas de fondo actuales (el fútbol, la crisis económica, la violencia de género...) pero siempre centrado en personas, en su día a día y en la forma en que viven y gestionan todos eso, dejando para el lector el recuerdo de personajes entrañables (como Pasqual o Ainara) redondos en sus imperfecciones, transmisores de emociones y sentimientos, capaces de hacernos recordar lo que es vivir.

En una época de consumo rápido, donde las cosas se acumulan y se suceden una tras otras, sin orden ni concierto, hay pocas cosas que nos atraigan lo suficiente como para que paremos un segundo y nos fijemos. "Pez en la hierba" es una de esas raras excepciones,  capaz de llegar cuando no lo esperas y dejar un poso para el recuerdo mientras nos ayuda a recordar, sentir y reflexionar a partes iguales.

Aunque sólo fuese por eso (o gracias a todo eso)...

Valoración: me ha gustado mucho.

lunes, 9 de enero de 2017

Perdida en mi memoria


Empiezo el año de forma similar a cómo lo terminé (lo que no es bueno), con una novela del montón que, además, me decepcionó tras un principio bastante prometedor.

Brianne Miller parte de una premisa interesante (mujer agredida y dada por muerta que se despierta en el hospital sin recordar nada de su pasado con el problema añadido de no saber en quién de cuantos le rodean puede confiar), con una ambientación bastante lograda y una narración veloz que llega a conseguir en las dos primeras docenas de páginas generar un clima óptimo para un buen thriller.

Y ahí se acaba todo...

Epitafio de una novela decepcionante:  poco después la narración va perdiendo su fuerza, desnaturalizando la premisa inicial y lo que había conseguido hasta entonces.

No creo hacer spoiler si afirmo que tras la salida del hospital (poco más de una décima parte de la novela) la novela abandona el género negro para convertirse en algo distinto bastante próximo (si no lo es directamente), a la novela rosa de toda la vida, con dos personas que apenas se conocen dedicándose en cuerpo (sobre todo eso) y alma (lo que recuerda de ella la protagonista) a conocerse y gustarse, dejando de lado persecuciones, miedos y acosos por parte del asesino en cuestión.

El thriller es un género complicado que requiere mantener la tensión durante la mayor parte de la novela, dar algún sobresalto, sorprender al lector/espectador y llevarle a ritmo acelerado y creciente hacia un final cumbre, pero fundamentalmente que "la sombra del asesino" o "la sensación de peligro" sea constante, recordatorio del riesgo que corre el/la protagonista. Si se nos saca de esa situación y nos envuelven en sonidos de campanillas y pétalos de rosa, al final estamos ante un aguachirri bastante insulso. Todo eso brilla por su ausencia en la novela de Miller. 

La autora decide centrarse en recrear el encuentro de dos personas y todo el esplendor de los inicios de su relación, en un conjunto bastante artificioso y poco creíble (o es la edad que me ha vuelto rancio) de cuento de hadas, donde todo es increíblemente bello.

Mi parte más humana lo tacha de irreal, infantilón y naive... si mi pareja (que además detesta los thrillers) leyese la novela tengo la certeza de que se cabrearía (y mucho) ante esa idea de príncipe azul que viene al rescate de joven indefensa y sin memoria, amor que crece de hoy para mañana con una intensidad brutal y donde todo tiene que acabar a las mil maravillas... y mi lado lector critica un cambio radical en la narración que demuestra no saber gestionar los tiempos y vender humo, trivializando el género negro t dando, además, justificaciones tramposas y rebuscadas que terminan por mosquear.

De tanto que prometía, se quedó en nada.

Del asesino en serie... ni rastro. Hasta casi el final, en un climax inexistente que te deja frío, frío, con alguna explicación para echarse a reir y unas últimas páginas bastante descafeinadas.

Novela de consumo ultra rápido, sin exigencias de ningún tipo y credibilidad justita.

Valoración: No me ha gustado.

P.D: Con un corte parecido (ni mucho menos igual), también con algo de edulcoramiento pero con tiempos más claros y una mayor honestidad, me parece que "Un lugar donde refugiarse" de Nicholas Sparks (que pasó por aquí el año pasado), tiene algo de novela rosa pero con momentos de tensión mucho más conseguidos, logrando, además, poner el punto de mira en las relaciones tóxicas, los problemas de las víctimas de violencia de género y la necesidad de huir de quienes la sufren y manteniendo en todo momento un tono de tensión ajustado.