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lunes, 19 de agosto de 2013

Las garras del águila


“Las garras del águila” es la tercera de las novelas de la serie que Simon Scarrow ha escrito con el legionario Cato como protagonista.

Lo más fácil sería salir del paso con un post del estilo “esta tercera entrega es una continuación de las anteriores (…)”. Sobre todo de la segunda y continúa con la narración del intento de conquista de Britania por parte del Imperio romano. Cambian las tribus bárbaras a las que se enfrentan pero básicamente es lo mismo.

Como suele suceder cuando se simplifica, todo lo dicho arriba es verdad, pero sólo una parte de la verdad y si que hay cambios, para mí significativos, con respecto a las dos entregas anteriores.

El protagonista de la novela es Cato. Punto. Frente a las dos ocasiones anteriores en las que la novela era coral, o al menos también narraba parte de la historia desde la perspectiva del Centurión Macro y del Legado Vespasiano, en esta entrega la situación cambia. 

Macro pasa a ser un mero acompañante, una simple comparsa que incluso desaparece en algunos tramos de la obra. Una ausencia que puede tener su justificación en el hecho de que Cato ha evolucionado y cada día representa más el sentir del legionario y del ciudadano romano de clase media-baja y menos el sentir de quien se ha criado en Palacio. 

Con Vespasiano la situación también cambia. Sin la presencia de Tiberio en las postrimerías y sin el ronroneo de las posibles conspiraciones y los atentados contra el emperador de fondo, la figura del Legado se circunscribe al ámbito militar donde es menos llamativa, salvo, quizá, por algún lance particular en donde cobra algo más de relevancia.

 Sus intervenciones sirven para mostrar la otra realidad del ejército, la de los altos cargos que saben que esa es una guerra que va a tener un elevado coste en vidas humanas y que la conquista final de Britania, si es que se produce, aún está lejana.

Sin conjuras políticas de por medio la novela podría haberse convertido en un mero peplum de acción, en las correrías y andaduras de un grupo de soldados en territorio enemigo, obligados a luchar hasta la extenuación. Afortunadamente Scarrow incluye la figura de Boadicea a la mezcla y permite al lector conocer una perspectiva totalmente distinta a la que estamos acostumbrados a ver en la serie.
La guerrera iceni muestra al Imperio Romano como una maquinaria burda y dictatorial que apaga las voces distintas a la suya y despoja a los territorios conquistados de su propia identidad con la consiguiente pérdida cultural. 

En Boadicea el autor muestra la otra cara de la historia, la de los sometidos por el yugo romano, la de la gente que aún asimilada al Imperio nunca lo sintió como tal, la del irredento que espera a que llegue su oportunidad para liberarse y poder recuperar sus costumbres y sus raíces.

La crítica al pueblo romano no es la única y convendría destacar una discursión “tirante” que sostiene Macro con Diomedes, un comerciante griego, quien defiende el mercadeo de productos mediterráneos como forma de lograr adhesionar a los pueblos bárbaros en lugar del innecesario  derramamiento de sangre.

Si el paso de la obra colectiva al protagonista único dinamiza la  novela el cambio de temática dota al conjunto de una mayor profundidad y enriquece al lector.  “Las garras del águila” no es un novelón,  pero si una lectura entretenida, que gestiona mejor la acción que sus antecesoras y que sirve para pasar un rato bastante entretenido.

Para mí un 6,5

domingo, 23 de septiembre de 2012

Flashman y la montaña de la luz

Antes de comenzar con "Flashman y la montaña de la luz" me gustaría dejar claro que cualquier desvarió, alucine o desfase que pueda cometer a lo largo de la redacción de este post será culpa única y exclusivamente del trailer de la película "Tai Chi Zero" del que aún me estoy recuperando (y eso que lo vi anoche).

Una vez depuradas las pertinentes responsabilidades  por lo que pueda suceder he aquí una especie de decálogo de lo que debería tener en cuenta cualquiera que decida sumergirse en el universo literario creado por George MacDonald Fraser:

Primero: Es necesario que quien comience su lectura conozca el significado de la palabra crápula,  una de las dos palabras que mejor definen a Harry Flashman, el protagonista de esta serie.

Como no tengo interés en que nadie habra una ventana en paralelo o una nueva pestaña mientras lee esto, así que me he tomado la molestia de reproducir aquí la descripción que da la Real Academia de la Lengua Española:
"1. Embriaguez o borrachera
2. Disipación, libertinaje.
3. Hombre de vida licenciosa"

Ésta no es una de esas ocasiones en las que hay que pararse a pensar cuál es la definición que mejor se adapta a la situación, es el Sr. Flashman quien se ajusta perfectamente a todas ellas.

Segundo: He dicho arriba que dos simples palabras sirven para definirle. La que falta es cobarde, cualidad de la que se siente orgulloso y que no teme mostrar en cuanto se presenta la mas mínima oportunidad.

Tercero: A fin de evitar equívocos con el punto segundo me gustaría realizar una aclaración. Si bien ha quedado claro que este singular personaje no es ningún héroe (al menos en esa versión idealista de ellos que se tiene a día de hoy, es decir, tipo intrépido, valiente y capaz que hace frente a cualquier situación peligrosa sin dudar lo más mínimo), pero tampoco es ese antihéroe que está tan de moda, esa persona que por las circunstancias se ve obligado a llevar a cabo una tarea para la que, en principio, no está en absoluto preparado. Flashman es un cobarde, sin más. El primero en salir corriendo cuando la cosa se pone fea; el que siempre deja que sea otro quien salve la situación; esa "joya" que atesora como mayor valor un exacerbado instinto de supervivencia.

Cuarto: No sólo es un mujeriego empedernido (y adúltero confeso), también es un bebedor insaciable y un jugador compulsivo. Por desgracia la cosa no queda ahí, también está pagado de si mismo, carece del más mínimo atisbo de modestia y de cualquier escrúpulo.

Quinto: A pesar de todo lo dicho arriba no estamos ante una sátira o un personaje paródico. En el fondo Flashman refleja algo de todos esos "otros personajes" que campan por nuestras vidas y que siempre las hacen un poco más...¿miserables?: ese jefe (que todos tenemos/hemos tenido/tendremos) que se atribuye como mérito propio nuestro trabajo; ese compañero trepa que espera la más mínima oportunidad para colgarse una medalla a nuestra costa o que aspira a dejarnos con el culo al aire con tal de medrar dentro del ecosistema laboral o, por qué no, ese "algo especial" que distingue a esos familiares y "amigos" que sólo recuerdan que lo son cuando su situación personal/particular requiere de nuestros servicios, dinero o trabajo.

Sexto: es un "espía" con ese matiz tan del siglo XIX que los viste de emisarios o embajadores cuando en el fondo no son más que una "radio macuto" humana colocada en sitios estratégicos para poder conocer las intenciones políticas que pueden estar produciéndose en un momento dado o,  en casos extremos, una herramienta para intentar inducir un cambio en las ideas de un determinado gobernante. 

Así que, que quede calro, Harry Flashman no es James Bond, aunque ambos sean británicos. No tiene licencia para matar (aunque realmente eso nunca está claro porque para llegar a ese punto debería quedarse a luchar en lugar de salir corriendo), bebe whisky en lugar de martinis, no es ningún caballero (aunque su éxito con las mujeres pueda dar a entender lo contrario) y no posee ninguno de esos gadgets molones que hizo famosos la versión cinematográfica de 007.

Séptimo: Aún hoy, varios años después de mi primer encuentro con "el bueno" de Harry, sigo sin tener claro cuál es su público. Estoy convencido de que el público adolescente sería, sin lugar a dudas, el más agradecido de todos, pero ciertos comportamientos (sobre todo con el género femenino) y ciertas actuaciones (también con las mujeres) me hacen tener serias dudas al respecto. Para un público más adulto su lectura puede llegar a ser "un poco demasiado". Es muy fácil acabar un tanto saturado ante tal muestra de virtudes aunque, siendo justos, conforme va avanzando la serie la situación va cambiando. 

MacDonald Fraser le va castigando poco a poco y le da a probar un poco de su propia medicina: su mujer también se toma unas cuantas "libertades" con otros hombres, su (inmerecida e injusta) fama y reputación como hombre valeroso y de acción le condena a estar en primera línea de batalla y a jugar un papel cada vez más importante en los acontecimientos. Conforme esta especie de "justicia poética" va introduciéndose en las historias éstas van ganan en interés y la pregunta que aflora deja de ser ¿cómo se va a salvar esta vez? y empieza a ser si va a conseguir librarse en esta ocasión.

Octavo: Para un personaje como Flashman (siento no poner mucho Harry, pero ya hay tantos a los que presto atención en mi biblioteca (Dresden, Bosch, Hole), que llega un momento en que hasta yo me lío) tan importante como conseguir sobrevivir es la recompensa final, sea  un reconocimiento público, una recompensa dineraria o la concesión de un título nobiliario. Si algo ha caracterizado la serie hasta la fecha es que no siempre la recompensa guarda relación con los meritos particulares, las actuaciones de un individuo o la justicia, muchas veces es una cuestión de imagen o amiguismo y, a veces, hasta el propio Harry topa con la horma de su zapato y se ve obligado a aceptar esta cruda realidad.

Noveno: El sexo es un elemento muy presente a lo largo de todas las novelas. Eso sí sin acercarse lo más mínimo a la novela erótico-festiva que se está poniendo de moda estos días. Sin detalles sabrosos, excesos descriptivos y siempre evitando caer en lo soez. Aquí es una "herramienta" más de trabajo de la que hacen uso tanto Flashman como quienes se "enfrentan" a él.

Décimo: Hay dos formas de acercarse a estas novelas: una es buscar entretenerte y pasar un rato entretenido disfrutando de una buena aventura, sin más complicaciones. La otra es intentar aprovechar  y sacar partido a la historia para intentar acercarse a momentos históricos (no siempre conocidos). La edición que yo he leído, en versión de bolsillo, tiene una serie de acotaciones a lo largo del texto que remiten a un apéndice final en el que se van explicando cosas relacionadas con un suceso o personaje puntual. .

La última decisión que tiene que tomar quien decida acercarse a esta serie es si va a seguir el orden en que las escribió su autor o hacerlo siguiendo el orden cronológico de los acontecimientos. Edhasa, la editorial que ha publidado esta serie en España, ha optado por esta segunda opción, a priori la más coherente si uno intenta evitar que le revienten cosas de la vida personal del protagonista, pero ahora mismo ya son bastantes las novelas publicadas y es posible seguir el ritmo marcado por su creador. Así que queda a gusto del consumidor.


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Terminado ese decálogo que ha pretendido sentar un poco las bases para que quien sienta la más mínimas ganas de leer la novela sepa donde se mete, voy a mi valoración particular:

Las novelas se leen bien (al menos las cuatro que yo he leído hasta la fecha) se leen bien, son sencillas, no tienen mucha complejidad y entretienen. Para mi gusto les falta un poco más de acción/tensión, algo que, por ejemplo, si tienen las que de Clive Cussler, pero en general el nivel es aceptable. Esta última, para mí, es la mejor si excluimos el "efecto novedad" de la primera y, quizás lo más importante, es la primera que he terminado con sensación de hartazgo.

El personaje de Harry Flashman siempre me ha parecido un poco infumable. Demasiado... demasiado. Quizá porque representa muchas de las cosas que odio, quizá porque me recuerda a alguna de las personas que han pasado por mi vida o quizá, simplemente, porque yo esperaba en un primer momento a un nuevo James Bond y me encontré con algo totalmente distinto. Aunque debo reconocer que en esta última novela (sobre todo en la segunda mitad) me ha parecido más "digerible" y hasta he llegado a sentir cierta simpatía hacia él, lo que es un buen comienzo.

Recurro estaaesta serie en un intento por ir adquiriendo algo de cultura general en una materia (la historia mundial más o menos contemporánea) que desconozco casi por completo y que siempre he querido poder rellenar. Estoy cansado de oir hablar de las Maldivas, las Malvinas, Hong Kong o la Guerra de Secesión Americana y no tener ni idea de lo que me están hablando. En ese sentido Fraser siempre ha cubierto todas mis espectativas ayudándome a recrear momentos puntuales de la historia y dotando a sus relatos de dinamismo y aventura, quizá no toda la que me gustaría pero sí más que suficiente para mantenerme pendiente de la lectura y así poder ir aprendido cosas. 

Con esta novela he empezado a entender algo más del colonialismo británico y de su política expansionista pero también algo sobre el pueblo hindú, sobre los sij y el resto de nativos de una región hasta ahora bastante desconocida para mí. Antes de empezar su lectura no sabía que era el Koh-i-noor, asociaba la estatua enfrente de Buckingham Palace a la diosa Victoria y no a la reina que llevó ese mismo nombre y desconocía, no sólo que había habído dos guerras anglo-sij, sino que había habido una primera. Por todo eso, por captar mi atención y por hacerme conocedor de todos estos hechos es por lo que leo esta serie. 

Estoy cansado de que la historia se limite a una serie de citas inconexas, una acumulación de fechas difícilmente memorizables y una sucesión deshilachada de sucesos que, aparentemente, no guardan relación entre sí. ¿de qué me sirve saber que el discurso de Martin Luther King comenzó con un "Esta noche he tenido un sueño..." si no soy capaz de entender el mensaje que había de fondo ni la importancia que tuvo en un momento próximo en el tiempo pero muy lejano en cuando a pensamiento?

Fraser no cita literalmente, no aturulla con fechas ni dota a sus novelas de un realismo abrumador y detallista pero transmite la esencia de los personajes y los acontecimientos que narra. Tal vez mañana o pasado mañana no recuerde quién fue Lawrence pero sabré que hubo una unidad de inteligencia durante la guerra anglo-sij que se dedicó a intentar evitar el mayor desastre hasta la fecha del imperialismo británico y que como parte del tratado y del pago de Cachemira se entregó uno de los rubís más grandes de la historia. 

No sé si pido mucho o poco sé que si pido es porque tengo la certeza de que que ya hay alguien que me lo dará y ese, ahora mismo, es MacDonald Fraser. Tal vez el día que lea algo de Richard Sharpe, el personaje creado por Bernard Cornwell, cambie de opinión y abandone a Fraser pero esa posibilidad, de momento, parece remota. 

De momento lo único seguro es que mi próximo viaje por la historia del mundo no será de la mano de ninguno de estos dos autores  pues mis miras parecen puestas (hasta nueva orden) en "Sangre joven" de Simon Scarrow (con Napoleon y Wellington a la gresca) y "La hija del Nilo " de Javier Negrete (que ya con "Salamina" me enamoró).

¿Qué cuál de los dos será? quédate por aquí cerca y lo descubrirás. Es probable que mi próximo post sea sobre "novela negra" en concreto "El filo azul de la medianoche" de Jonathon King y que, si todo es normal, la siguiente sea una "urban fantasy" de calidad como "Magic Bites" de Ilona Andrews, a partir de ahí...

domingo, 17 de junio de 2012

Roma vincit!

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No hace mucho leí en la edición digital de un periódico un artículo sobre una estudiante universitaria americana que había dedicado su tésis doctoral el daño que las películas románticas (principalmente las comedias) habían causado al público en general y al femenino en particular al crear unas expectativas irreales sobre las relaciones amorosas y la existencia de príncipes azules.

No es mi intención entrar a valorar el sentido de la tesis porque, de entrada, soy uno de esos que disfruta con una buena película romántica y, además, formo parte de ese grupo de “panolis” que ha creído, cree y seguramente creerá en la redención, en las segundas oportunidades y en que “el que la sigue la consigue”, por muy tonto que eso pueda resultar.

No he comenzado este post así para crear un debate sobre las películas románticas o una discursión sobre si soy un iluso tontorrón (aunque estoy seguro de que daría muuucho juego), sino para, aprovechando la segunda novela protagonizada por Quinto Licinio Cato, hablar sobre imágenes proyectadas y la forma en que pueden llegar a distorsionar la percepción del lector/espectador, .

Siempre se ha dicho que la historia la escriben los vencedores. Posiblemente no haya frase más cierta, basta con centrar la mirada en un mundo tan particular como el del deporte, lleno de mitos, historias y batallas  (y con tan poca memoria), para darse cuenta de que al final lo que queda es quién ganó y no tanto el como ganó o lo que pasó al final.

Si repasamos lo que sabemos de historia (sea mucho o poco) nos daremos cuenta de que, en general, quienes han prevalecido han quedado como buenos y quienes han “caído” han sido vilipendiados. Adoramos al Cid y cantamos sus gestas (permítaseme aquí cierta exageración ejemplificadora, por favor) y nos reímos de los caudillos moros. Alabamos los tiempos de conquista, en los que España disponía de un imperio en el que nunca se ponía el Sol y obviamos las masacres, matanzas y demás tropelías que se llevaron a cabo para conseguirlo. Aunque realmente no es necesario echar la mirada atrás, hoy miramos las noticias y vemos lo que algunos miembros de las tropas occidentales han hecho en Irak o en Afganistán durante la última década y nos llevamos las manos a la cabeza, pero dentro de apenas cuatro o cinco años todo eso habrá quedado en el olvido y ensalzaremos la (necesaria¿?) labor desarrollada allí obviando  todos los actos bandálicos que han tenido lugar allí.

La humanidad, necesitada siempre de mitos y leyendas, idealiza a los vencedores, los mitifica y sitúa en lo más alto del pedestal, obviando el alto coste de todas esas “victorias”, quizás por eso una novela como “Roma vincit!”, es (era y será siempre) tan necesaria.

Simon Scarrow nos lleva al comienzo de la conquista de Britania por parte del imperio romano (en el punto donde dejó la primera novela de la serie) y nos muestra la enorme dificultad que supuso para las tropas romanas, unas veces por merito de las tribus locales y otras por demérito propio ganar aquella guerra.

Llena de acción, aventura y entretenimiento, la novela no obvia ningún tema: el duro destino de los soldados incapacitados durante la batalla, los problemas de aprovisionamiento, los celos y disputas internas dentro del propio ejército (unas veces para conseguir reconocimiento, otras para salvar el pellejo), las luchas por el poder y la siempre presente corrupción institucional. Todo tiene su pequeño momento dentro de la historia pero quizás lo más destacable es que todas las posturas y opiniones tienen cabida, permitiendo al lector una visión más global, completa y compleja de una época siempre idealizada.

Nadie discute muchos de los avances logrados por el Imperio romano: el desarrollo de una red de comunicaciones, la creación de monumentos, la “pacificación” de los pueblos, una mayor culturización de toda Europa… pero casi nadie habla de las renuncias que todo esto conllevó, ya no sólo el elevado coste en vidas personales, también la gran pérdida cultural de cada una de las civilizaciones, la imposición del pensamiento único y unívoco, la pérdida de raíces…De la mano de Niso, un cartagines incorporado a la legión como cirujano,  conocemos de primera mano los peros nunca señalados de la sumisión al imperio romano y el resentimiento que, generación tras generación, se fue implantando en los “pueblos conquistados”.

¿Imperio o República? ¿no son acaso dos extremos igualmente viciosos? Y es que tampoco la forma de gobierno romana se libra de los comentarios y opiniones en esta novela. Por un lado tenemos al emperador Claudio, capaz de paralizar una guerra y perder toda la ventaja lograda hasta la fecha sólo para conseguir fama y  reconocimiento, obviando las repercusiones (coste en vidas, recursos, medios e incluso la posibilidad de perder la guerra) que sus acciones pueden acarrear. Pero , ¿justifica esto que personas como Tiberio, ansiosas por alcanzar el poder estén dispuestos a traicionar a miles de soldados sólo para conseguir destruir a Claudio? ¿Es la República la solución? Si el Imperio (que suele confundir el miedo con el respeto) tiende a acabar en dictadura y  en el caso de los romanos la búsqueda (asunción) de  la divinidad del emperador, la República y su “libertad-pluralidad” parece ir de la mano de la corrupción en todos los escalas y niveles.

Scarrow no toma partido, se limita a mostrar lo que está pasando dejando al lector la toma de sus propias decisiones una vez conocidas las distintas variantes y corrientes de pensamiento posibles

Si en “El águila del Imperio” el protagonismo era tripartito (Vespasiano, Macro y Cato) en “Roma Vincit!” es en el binomio Vespasiano-Cato en el que recae todo el peso de la novela. Con el primero asistimos a las luchas de poder dentro de la legión y, quizás lo más importante, escrutamos la realidad política romana en un periodo especialmente convulso: por un lado un Claudio caótico, incompetente y limitado, capaz de poner a toda Roma en un compromiso por alcanzar mayor reconocimiento social pero ¿cuál es la alternativa? “Los Libertadores”, el grupo en la sombra que intenta volver a la República parece dispuesto a sacrificar al ejército romano (abasteciendo de armas a las tribus locales) con tal de lograr su objetivo.  El otro frente, el que representa Tiberio, busca la caída del emperador pero sólo para conseguir mejorar su propia situación personal, sin importar qué y a quién haya que sacrificar por el camino. Entre todo este barullo institucional/social parece que el todavía Legado Vespasiano comienza a abrir los ojos y asimila entender que ante sus ojos se está disputando una partida en la que está en juego el futuro de Roma y él debe de ser parte. Una toma de contacto con la realidad que le lleva a contemplar las tres alternativas como algo pernicioso y a empezar a sopesar nuevas alternativas, convertido en un autentico empieza a ser un animal político.
En un nivel mucho más bajo, a ras de calle, las figuras de Niso y Macro. El primero, como “vencido”, representa la crítica al imperio romana, la visión negativa de la conquista. El segundo es la opinión del ciudadano de a pie que, sin cultura ni formación, adopta la propaganda del imperio como pensamiento propio, incapaz de valorar otras alternativas y posibilidades… y ahí, en medio, Cato, con un conocimiento cada vez más completo de la realidad, no es un mero ciudadano de a pie sin cultura ni formación pero vive/padece la dura realidad del frente sin tener que recurrir a la frialdad de los documentos, pero todavía es joven, ingenuo y algo inmaduro y la dura realidad a la que tiene que enfrentarse cada día puede ser demasiado para él. Eso, por supuesto, si el primer amor no acaba con él antes.

Al no tener que pararse a explicar a los personajes, esta segunda novela se puede centrar en otros aspectos hasta ahora sólo esbozados. Sus dos protagonistas cambian fruto de todos los avatares a los que se ven sometidos. Crecen como personas y conforme lo hace su conocimiento, se posicionan y desarrollan su propia visión de las cosas, su propia personalidad, con sus propias dudas, miedos y, por supuesto,  aspiraciones. Vespasiano como Cato dejan de ser polluelos, ya no están bajo el ala de su madre. Flavia y Macro, hasta entonces los paraguas bajo los que se cobijaban, que quedan relegados a un segundo plano conforme estos van creciendo. Con ellos lo hace la serie, que gana en valor histórico y cultural sin perder el tono ligero de la primera novela, su agilidad y la capacidad para entretener que, si cabe, es mayor todavía.

Scarrow no es Steven Saylor o Lindsey Davis, en sus novelas no se ve el derroche de conocimientos que poseen las anteriores y la visión de Roma es más sesgada, mucho mas difusa en parte por la lejanía de la capital pero también es más limpia que la de los otros dos pues sus protagonistas, Gordiano "El Sabueso" y Marco Didio Falco, son hombres a los que la vida les ha colocado en su sitio, ya están maleados mientras la mirada  de Cato todavía es ingenua pero asequible, quizás por eso llega más. 

Su ritmo dinámico y su lectura amena, llena de acción, traición y amor hacen de esta novela un buen complemento para los amantes de la antigua Roma que no rehuyan el ambiente castrense y busquen un acercamiento distinto a una época mucha más rica en matices y mucho mas compleja y convulsa de lo que los libros de historia siempre nos hacen creer.

domingo, 3 de junio de 2012

La casa de las vestales

No me gustan las colecciones de relatos pero a veces uno no tiene elección y es lo que toca. Al menos así lo decidió Steven Saylor cuando años después de haber escrito varias novelas de la serie protagonizada por su detective privado Gordiano, El Sabueso, decidió escribir una serie de historias cortas que sirviesen para rellenar el vacío de 8 años existente en la vida de su protagonista.

Un periodo de la vida de Gordiano (el que existe entre la primera novela "Sangre romana" y la segunda "El brazo de la justicia") en el que pocas cosas significativas acontecieron pero en los que distintos personajes cobraron mayor peso en la vida del protagonista y que, a la larga, ayudaron a conformar su forma de ser. Así, personajes ya conocidos, como Bethesda (su esclava) cobran mayor entidad y otros de nueva aparición/desarrollo como el patricio Lucio Claudio o el ya conocido pero casi ignoto Eco, hacen su primera aparición. Incluso Cicerón vuelve a campar por las páginas mostrando su orgullo y su particular forma de ser.

La serie conocida como "Roma Sub Rosa" no es una de mis favoritas. Prefiero la ironía, la acción y el amor que pueblan la serie de Lindsey Davids con Didio Falco a la cabeza, las dudas amorosas/existenciales de "la" Fidelma de Tremaine o las luchas y conquistas de Vespasiano, Macro y Cato escritas por la pluma de Simon Scarrow a las historias escritas por Steven Saylor pero reconozco que muestran al lector a una Roma distinta, más rica en matices y, posiblemente, más documentada...y en este formato reducido es mucho más llevadera.

Sacrifico la acción, la tensión y la intriga por acercarme a la época del reinado de Sila, la irrupción de Julio Cesar o el auge de Cicerón. Renuncio a las espadas y a cualquier posible climax por conocer algo más del teatro romano, de las luchas intestinas y los conflictos políticos de la época y, por que no decirlo, por poder ver como muchas de las situaciones actuales, por mucho que nos empeñemos, ya pasaban hace más de dos milenios.

El amor, la traición, la venganza, el sexo, la religión, la ambición, las intrigas políticas, la corrupción... todo esta inventado hace muuuuchos años, simplemente ahora se le da mayor notoriedad y se hace a mucha mayor escala ¿quién dijo universalidad?


¿Qué la narración es un poco lenta?¿qué Gordiano carece de atractivo?¿qué el humor brilla por su ausencia?¿que ni siquiera asistimos a las siempre socorridas "fiestas privadas"? todo eso es cierto y, como digo, la obra de Steven Saylor no es mi favorita pero tiene ese algo que hace que ocasionalmente la visites. A lo mejor entre un libro de Mankell y el siguiente de Connelly... a lo mejor después de Lehane para distender un poco el ambiente, o simplemente cuando tienes ganas de saciar esa necesidad imperiosa de "enriquecerte" y ampliar horizontes.

En esta colección hay alguna historia que merecen la pena. No todas pero si bastantes. A mí me ha gustado mucho "El cuento de la cámara del tesoro", que tiene más de fábula que de novela negra pero que nos lleva al antiguo Egipto para resolver (esta vez sin intervención de Gordiano) un robo en la tumba del faraón. También me han gustado 3 relatos por su "justo" final: "La última voluntad no siempre es la mejor", "los lémures" y "El gato de Alejandría". Donde vemos 3 formas distintas de corregir una injusticia cuando la legalidad no permite recurrir al Estado para dar con una solución. Y, para acabar, la "moraleja" o el "mensaje para navegantes" con que concluye "La desaparición de la plata de las Saturnales" que dotan de humanidad y sentido a los esclavos en una época donde más de uno los consideraba poco más que mobiliario con capacidad para hablar.

Si después de todo lo anterior todavía tienes dudas, he aquí una pequeña aclaración sobre lo que encontrarás en cada una de las historias:

En "La muerte lleva máscara" nos acercamos al mundo del teatro. Con cierto detenimiento pero sin aburrir  presenciamos una representación de "Aulularia" (o "La olla") de Plauto y nos encontramos con un asesinato acontecido tras las bambalinas. Una buena excusa para adentrarnos un poco en el mundo de la "farándula" romana y la primera posibilidad de disfrutar/conocer a Eco, el joven sordomudo "sacado" de la calle por Gordiano. Por cierto, ¿sabías que por entonces ya había daltónicos?Yo tampoco...

"El cuento de la cámara del tesoro" nos acerca al Egipto de los faraones de la mano de una pequeña fábula que narra Bethesda a su amo/señor/¿no-esposo? Gordiano. Una lectura ligera y entretenida que sorprende y agrada desde la simplicidad de su propuesta y lo singular de la historia. 

"La última voluntad no siempre es la mejor" es el punto de encuentro de Gordiano el Sabueso con el patricio Lucio Claudio, que desde ese preciso instante no abandona la novela en ningún momento y siempre sirve de contraste entre lo que es la clase noble romana y el pueblo "llano". Por desgracia la alegría y el buen gusto de este singular personaje quedan ensombrecidos por un relato duro que nos muestra como siempre ha habido "listos" dispuestos a aprovecharse de las "buenas personas". Aquí será el propio Claudio quien consiga traer algo de justicia a donde "el largo brazo de la ley" demuestra no poder llegar.

"Los lémures": No se refiere esta historia a los pobres primates sino a los "fantasmas/espíritus" de los muertos de los que toman su nombre. El relato más triste de toda la obra nos muestra  como en las luchas de poder siempre hay quienes se aprovechan de la inestabilidad social y de sus influencias para conseguir aquello que ansían aún a costa de la vida ajena. La plasmación del viejo dicho "ten cerca a tus enemigos pero aún más a tus amigos". Con amigos como estos... Y un final que hace más bien que mal aunque nadie acaba recibiendo lo que merece.

"El pequeño César y los piratas", un particular relato sobre traición y luchas intestinas dentro de los nidos familiares aderezada con la narración de una de las primeras "leyendas" sobre un Julio Cesar que a pesar de su juventud ya va dejando huella. El comienzo de la relación laboral (o de amistad) entre Bebo, ex luchador del circo romano y Gordiano.

"La desaparición de la plata de las Saturnales", la demostración de que los siervos también son personas y que, como tales, se toman su revancha particular sobre sus amos en el día a día y no sólo durante "las Saturnales", festividad en la que las tornas se giran.

"El zángano y la miel": celos, amor, traición y sexo. Los mismos elementos que mueven el mundo desde hace más de 2000 años. ¡¡y hay quien piensa que todo eso lo inventaron los guionistas de los culebrones!!

"El gato de Alejandría": vuelta a Egipto esta vez para presenciar los intentos de Gordiano de salvar la vida a un ciudadano romano acusado de haber matado a un gato en Alejandría. Aquí la traición se mezcla con la ambición mientras la religión, una vez más, es utilizada como herramienta para utilizar a la gente.

"La casa de las vestales"  si el iluestre Cicerón recurre a ti para que resuelvan una investigación en la que no se puede ver implicado no queda más remedio que aceptar, aunque eso te lleve a quebrantar las reglas religiosas y sociales que impiden la presencia de hombres en el templo de las Vestales por la noche. Un asesinato, una acusación de haber incumplido los votos de celibato, la pena capital y el asesinato de un hombre en los aposentos de una joven sacerdotisa son los elementos básicos entorno a los que gira este relato que pone punto final a la novela y, quién sabe, si a la carrera de Cicerón ...

sábado, 31 de marzo de 2012

La estatua de bronce


Hace unos años (que nadie pregunte cuantos porque la noción del paso del tiempo es una de las cosas que, por desgracia, he ido perdiendo sin darme cuenta) hubo un anuncio de una conocida marca de refrescos en la que se exaltaba su capacidad para satisfacer a todo tipo de personas con una simple frase: “Para los…”.

No tengo ningún interés en homenajear a la bebida (por mucho que me guste) pero sí pretendo crear un post distinto, quizás más ligero y espero que mucho más alegre. He aquí mi particular anuncio sobre “La estatua de bronce” de Lindsey Davis:

Para los amantes de la Historia o, en su defecto, de la novela histórica con tintes realistas: que encontrarán aquí una buena narración sobre el comienzo del gobierno de Vespasiano como emperador romano tras el asesinato de Tiberio.

Para quienes disfrutan de las intrigas palaciegas, para los que siempre se preguntan  cómo se hace “política” y para quienes piensan que una de las mayores tragedias televisivas de las últimas dos décadas es que alguien pusiese punto final a “El ala oeste de la Casa Blanca”.

Para quienes disfrutan leyendo un libro junto a un plano de una región para seguir los pasos de su protagonista y de paso aprender algo de la orografía y costumbres de distintas regiones del mundo.

Para las seguidoras de las novelas de Jane Austin, que disfrutan con los amores y las luchas entre distintos estamentos sociales, con las mujeres inconformistas con su rol social y con los protagonistas varones abiertos al cambio, eso sí (por suerte) sin polisones, trajes con volantes y demás atavíos superfluos.

Para quienes estén dispuestos a aceptar la realidad de la Roma clásica, cuna de la civilización pero lejos de ser el modelo ejemplarizante que siempre se ha supuesto. Idealistas que no quieran ver caer sus mitos, abstenerse.

Para los que disfrutan de los “negritos” de pastelería, esa especie de merengue cubierto de una capa solidificada de chocolate amargo que  por dentro sorprende por su blandura y ligero toque dulzón, nunca empalagoso.

Para los apasionados de los personajes cinematográficos interpretados por Humphrey Bogart (desde el Sam Spade de “El Halcón Maltés” al Rick Blane de “Casablanca” sin olvidarse de "su" Linus Larrabee en “Sabrina”) o el Porter de  Mel Gibson en “Payback”.

Para quienes han leído alguna de las novelas centradas en el mundo romano escritas por Simon Scarrow y quieren saber algo más de lo que fue del, por entonces, Senador Vespasiano o han disfrutado con la serie de novelas protagonizadas por Sor Fidelma, el emblemático personaje creado por Peter Tremayne, y quieren algo parecido...o mejor.

Para los que entienden que por muy seria que pueda ser una obra siempre debería ser posible intercalar algún comentario o momento gracioso que ayude a disipar la tensión sin sacar al lector de la trama. ¡Ojo, con el buey Nerón y su gran pasión: los burros!

Para los que disfrutan con los romances agresivos, los mismos que Spencer Tracy y Katharine Hepburn pusieron de moda en el cine o los que alguna han querido encontrar a "su" Marion (Karen Allen) creyéndose Indiana Jones en “En busca del arca perdida”.

Para los que entienden que las series deben ser vistas en el orden en el que autor las ha escrito y que eso de “novelas de lectura independiente” es una mamarrachada que alguien inventó para justificar que sus personajes nunca cambiaban.

Para los escépticos que crean que no es posible aunar todo lo anterior en una sola novela.

Para los que confían en mis recomendaciones (aunque en ocasiones no den el resultado satisfactorio que se pretendía al hacerlas)

Y… para mí, aprovechando que la vida da segundas, terceras y en ocasiones hasta cuartas oportunidades (¡¡uno que se hace el duro!!), porque he dado largas a esta serie durante 15 años en incontables veces y siempre ha vuelto para ofrecerme una nueva oportunidad para redimirme.

lunes, 9 de enero de 2012

El águila del imperio

Siempre me ha llamado mucho la atención el periodo que se conoce como Antigüedad clásica. Explicar el por qué puede resultar un ejercicio bastante complejo, sobre todo si no me limito al clásico (socorridísimo y quizás algo pomposo) "¡¡hombre, por qué va a ser, pues porque son la cuna de la civilización occidental actual!!". 

Debo reconocer que parte de mi interés y curiosidad si tienen su origen en el hecho (innegable) de que las sociedades occidentales actuales tienen en las culturas clásicas algo más que un mero referente. Si alguien tiene alguna duda al respecto que se acerque a un estudiante en derecho y le pregunte. Lo cierto es, que muchas, por no decir la mayor parte, de las figuras y principios que rigen nuestro ordenamiento jurídico (y, por ende, por mucho que le pese a la gente, nuestra sociedad) tienen su origen en la Roma clásica (el principio "non bis in idem" o el "in dubio pro reo", o figuras como la usucapio y el usufructo son algunos de los numerosos ejemplos que se podrían poner aquí…). Pero mentiría si dijese que es el único y principal motivo por el que giro mi mirada hacia aquella época.

Frente a la gente que disfruta estudiando la Revolución Industrial, las circunstancias que desembocaron en la Revolución Francesa o las causas de la crisis económica del 29 (de mil novecientos, claro)... a quienes profeso el máximo respeto (vaya eso por delante), yo, en mi búsqueda de evasión (no exenta de aprendizaje en la medida de lo posible) prefiero un viaje mucho más lejano en el tiempo, a un momento en el que la ciencia y la teconología, la visión del mundo, de la religión y del propio ser humano, son (o eran) tan distintos a los actuales que adquieren cierto matiz surrealista, un tanto fantástico. Lo cierto es que dos milenios es tiempo más que suficiente como para sofocar cualquier posible similitud con el tiempo presente en mi cabeza.

Yo no sé si a la gente le pasa pero cuando leo, por ejemplo, sobre la Inglaterra victoriana, no puedo dejar de comparar y contraponer el “antes” y el “ahora” y no termino de desengancharme del momento presente. A veces sólo quiero disfrutar y dejar a un lado los problemas y quehaceres cotidianos, es entonces cuando me refugio en el mundo clásico, que es cierto que no deja de ser un “antes más lejano” pero es precisamente en ese  “más lejano” donde encuentro sosiego. No trae consigo la carga de situaciones/tiempos/lugares más próximos. Y, además, ¡que porras! de vez en cuando me gusta ver un poco de sangre, a gente luchando por su vida y la subida de adrenalina cuando se avecina una emboscada…y no siempre estoy por la labor de esperar a que estrenen “Furia de Titanes 2” (y demás películas por el estilo) o a que saquen una nueva versión del “God of War” para la consola.

Ahora bien, entre la amalgama de libros que sitúan el mundo clasico en su punto de mira, ¿cuál se debe coger?.¡¡A mí, que nadie me mire!! No tengo la receta mágica del éxito. Es más, mi sistema de selección (por llamarlo así), no sólo no es extrapolable, sino que es muy cuestionable (un resumen atrayente, un personaje histórico que me haya llamado la atención... a veces, una mera y burda sensación o, por qué no confesarlo, una buena portada).

Al final, creo que lo que queda es tirarse al ruedo, porque, en el fondo, resulta díficil justificar haber leído a Lindsay Davis (y su Marco Didio Falco) y no haberse planteado nunca enfrentarse a “Yo, Claudio”. Y cito la obra de Robert Graves como podría haber citado a cualquier otro de los que se encuentra en ese saco que contiene mis descartes (¿temporales?), como podría ser la serie sobre Roma escrita por Colleen McCullough o la reciente "Trilogía de Escipión" de Santiago Posteguillo (aunque, esta última, muy hábilmente, se la endosé a mi padre para que hiciese de filtro previo...algo que, por cierto, no ha tenido a bien hacer).

Prefiero creer que hay narradores para todos los gustos y que si hoy mi estantería cuenta con novelas de Lindsay Davis, Steven Saylor, (el hoy citado) Simon Scarrow o Valerio Massimo Manfredi, mañana pueden asomar cualquiera de los otros. Ya ha pasado en otras ocasiones, la última de la mano de la que para mí es, sin duda alguna, la mejor novela salida de la pluma (o de la impresora de turno) de Javier Negrete, "Salamina".

Lo cierto es que por H, o por B (retomaré un poco el hilo del post) llegó a mis manos (la verdad sea dicha, fui en su busca), la primera novela de la serie protagonizada por el joven Marco Licinio Cato. Que, a diferencia de otras series, como la  protagonizada por el crapula/espía/hilarante "Harry Flashman" de George MacDonald Fraser o la que narra las aventuras del "Sharpe" de Bernard Cornwell, no es una novela (o una serie) creada para el lucimiento de su protagonista, sino un viaje iniciático y coral, que nos introduce en los entresijos políticos del Imperio Romano pocos años después del nacimiento de Cristo. (¿Puedo añadir, aunque sea con retraso, en el "pro" de las narraciones centradas en el mundo clásico, el ser las únicas que permiten cambiar el d.C por un a.C cuando se habla de referencias temporales?)

Scarrow sitúa su ficción histórica poco después del intento de Escriboniano de reinstaurar la República (durante la regencia de Claudio I), lo que explica el momento de gran inestabilidad política que está viviendo el Imperio en ese momento, y, además, se convierte en el elemento desencadenante que subyace en mucho de cuanto acontece en esta primera novela, entre otras cosas (y no la menos importante) el que la Segunda Legión Augusta, comandada por Tito Flavio Vespasiano, deba dejar su asentamiento en Germania para formar parte de la fuerza invasora que intente conquistar Britania.

Sus tres protagonistas (Cato, Macro y Vespasiano), que se reparten el peso de la novela (aunque no de forma proporcional), son los elementos de los que se sirve Scarrow mostrar la situación social de la época y como viven/ven/entienden/comprenden todo cuanto está aconteciendo en la sociedad romana (y todo sin salir del acuartelamiento o de la vida castrense) desde la distinta perspectiva que da su formación y situación social en una sociedad tan clasista como la romana.

Curiosamente, el joven Marco Licinio Cato, cuyo alistamiento resulta condición indispensable para lograr la condición de liberto (un esclavo liberado), pese a su juventud, inmadurez e inocencia, no será (ni de lejos) el más ingenuo de los personajes. Obligado a cambiar las fiestas y las gestiones palaciegas por la dura vida castrense y la limpieza de las letrinas, es el encargado de transmitir al lector ese sentimiento de pertenencia y compañerismo que imperaba en las milicias romanas, pero, sobre todo, la gran importancia (y relevancia) que tenía el llegar a ser considerado "un hombre libre" por mucho que, en la busca de la libertad, uno debiese dejar atrás las comodidades y el confort de la vida en palacio.

Junto a Cato (y por encima de...) el centurión Macro, un curtido veterano que acaba de alcanzar el punto álgido de su carrera militar, pero que vive con el miedo de que su analfabetismor, le llegue a costar el puesto. Un personaje tosco y torpe (socialmente hablando) que no sólo sirve como exponente del sentir de la clase media/baja (los plebeyos), sino que, por encima de todo, actúa como mentor de Cato, mientras adereza (gracias a su “particular” forma de entender la vida) la narración con algún momento cómico y  entrañable.

Finalmente surge la figura de Vespasiano, representante del máximo estamento social (los patricios), que nos imbuye en los tejemanejes políticos conforme él mismo se ve obligado a abrir los ojos a la dura realidad imperante en las altas esferas y a la despiadada lucha por alcanzar un puesto de honor al frente de la sociedad romana. En esa maraña de conspiraciones, secretos de Estado y espionaje, su mujer Flavia y el tribuno Vitelio, los dos mucho más curtidos que el comandante de la Segunda Legión, parecen llamados a dar mucho que hablar.

La presencia de Narciso (liberto y mano derecha del emperador, que deja una actuación memorable en la "arena", en la mejor demostración posible de cómo la inteligencia es la mejor herramienta de un buen político a la hora de resolver ciertas situacioens); una (más que interesante) explicación del (gran) peso que tiene el dinero para que un emperador pueda permanecer en su puesto; la necesidad de nuevas glorias para contentar al pueblo y una misión (no tan) secreta, completan una obra entretenida y agradecida, cuyo estilo llano y poco recargado parecen un buen reclamo para atraer a quienes suelen rehuír el lenguaje ampuloso y recargado con que algunos autores recubren su "vasto" conocimiento

Personalmente me ha gustado. Mejorable, por supuesto. No me habría importado una "miaja" más de sangre y lucha pero, entonces, posiblemente se habría alargado más y me quejaría del gasto innecesario de papel (jeje). ¿Las hay mejores? indudablemente (al menos por lo visto hasta ahora). Me remito a lo dicho varios párrafos más arriba: "Salamina" de Javier Negrete, una obra redonda como pocas. Ahora bien, éste última, es una novela suelta, independiente y, lo fundamental, "terminada". "El águila del Imperio", por contra, se engloba dentro de una serie, de la que (para más inri) no es más que el principio (con todo lo que eso supone), por lo que mejor dejamos una valoración más profunda para cuando haya  más elementos de juicio.

Yo me quedo con que la próxima aventura transcurre en Britania. Con eso ya me ha cautivado. Sólo me deja pregunta: ¿habrá druidas?. ¿¡¡Que qué importa!!?  Eso, el que se atreva, que se lo diga a Uderzo y Goscinny si un día se los encuentra, porque, con un druida, unas gotas de poción mágica, un tallador de menhires y un galo con "un buen par de narices", consiguieron conquistar al mundo entero, jejeje.